
Artículo publicado en el número 14 de la revista PLéYADE de San Fernando
MONSTRUOS DE CINE
Todos venimos del monstruo, de una bola de fuego hiriente y muda que, sin embargo, después de una eternidad de su extinción aún nos hace gritar hasta el delirio. De ese primer terror, grabado en nuestra conciencia desde el origen del tiempo, surge el mito, en definitiva el miedo. El miedo es la conjunción del vacío de las almas y del sueño. Y en medio, siempre poderoso, recordándonos el origen y el final de la vida, se encuentra el monstruo. Sólo él se basta para provocar un desgarrón en el alma que nos paraliza hasta el aliento, sólo él para apoderarse de esa vaciedad que siempre anida en el espíritu del hombre.
En un principio no tenía forma, en realidad nunca la tiene. Fueron los artistas griegos y los miniaturistas medievales, estos últimos lo retrataron como Satanás (otra vez el fuego), los primeros en intentar vestirlo con un rostro capaz de despertar esa pesadilla atávica que llevamos dormida en nuestro interior. También El Bosco lo intentó, y Goya, Picasso y muchos más. Pero será con el cine cuando el monstruo adquiera su rostro definitivo. Un rostro que ha ido cambiando de forma a lo largo de estas pocas décadas que tiene el llamado Séptimo Arte. Cada generación lo ha visto con un semblante determinado. Al principio fueron Boris Karloff y Bela Lugosi los que no nos dejaron dormir. Ambos fueron capaces de arrastrarnos a ese desmedido vértigo llamado horror. Nada hay capaz de exorcizarnos contra esa parálisis, nada capaz de hacer que la sangre corra por una inteligencia devastada por la angustia. Entonces eran monstruos apegados a la tierra, a su telúrico imán y a sus misterios. También, por primera vez, esta pesadilla que encarnaron tuvo dimensiones mundiales. Pero su rostro, como si se tratase de una mera moda, pronto desapareció de las pantallas y fueron otros los que vinieron a encarnar el espanto. Christopher Lee y Peter Cushing tomaron el relevo. En España tenemos a Paul Naschy, que era el fatídico hombre lobo que rompía la noche con un aullido en el que se mezclaba la fascinación que sentimos las personas por el horror y la propia angustia del monstruo, esa górgona atrapada siempre en una deformidad de la que no puede escapar. Aún hoy, tantos años después de verlo repetidamente morir atravesado el corazón por una bala de plata, nos aterrorizó con su papel en School killers.
Actualmente la figura del monstruo es mucho más rutilante. No nace de la tierra. Hay ocasiones en las que nos viene del espacio (origen del fuego y del tiempo). A veces, por el contrario, proviene de la misteriosa oscuridad que envuelve a las profundidades abisales, o de debajo de milenarios hielos (nuestra memoria ancestral intacta). Aunque hay otras en las que regresa a sus orígenes: la invisibilidad fantasmal y la tierra, entonces, evaporándose en una bruja de Blair cualquiera nos asfixia el ánimo hasta hacernos morir de miedo.
Ramón LUQUE Sánchez
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