EXALTACIÓN DEL VILLANCICO
Ramón LUQUE Sánchez
Hasta mí llamo al pasado
para celebrar en versos
la magia del villancico
que pervive en mis recuerdos.
A Mengíbar me traslado,
allí va mi entendimiento
para oír ensimismado
entre el desvelo y el sueño
los coros acompasados,
alegres campanilleros,
que entre el fervor y la chufla
callejeaban mi pueblo
cada noche de diciembre
poniendo voz al misterio
del nacimiento de Cristo
con nobles razonamientos.
Las zambombas retumbaban
y ahuyentaban al silencio,
el vibrar del almirez
llevaba al recogimiento,
las alegres panderetas
atraían al contento.
Detrás, voces de los hombres,
la copla se ha hecho rezo
relatanto a media voz
el sacro acontecimiento.
A la calle, tan oscura,
la ilumina el jubileo
de las puertas entreabiertas
para ver y oír el tierno
andar de la tradición
perpetuada en el tiempo.
Si ante una casa pasaban
con los balcones abiertos
les pedían de aguinaldo
un trago repartidero.
Son historias deslumbrantes
donde se une el romancero
popular y sentencioso
que habla de castigo y premio
con sucesos prodigiosos
que tanto gustan al pueblo.
También es trascendental
en mi testimonio el fuego,
alrededor de sus llamas
convocaban los abuelos
a una copita de anís,
pestiños y canturreo.
La Nochebuena era entonces
Misa del Gallo y afecto,
villancicos y jaleo.
La dulce voz de mi madre
llegaba hasta el firmamento
cantando la gracia eterna
del Dios convertido en Verbo.
La historia que el villancico
llevaba entre sus arpegios
discurre aún por mis venas
si la razón desconecto
y a la magia de un milagro
le abro mis sentimientos.
Los misteriosos latines
de siglos suenan repletos,
de paz y esperanza hablan
los cánticos más sinceros.
Y entre fiestas y bullicios
retoña el recogimiento
que invita a vivir con fe
el divino alumbramiento.
Tradición y religión:
villancicos de mi pueblo,
y mi madre en un rincón
de mi corazón viviendo.
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