lunes, 12 de abril de 2010
Publicado por PoetaRamon @ 15:36  | Articulos Literarios
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Artículo aparecido en la revista de Semana Santa de Mengíbar del año 2010

EVOCACIÓN DE LA CUARESMA

Ramón Luque Sánchez

 

Estaba recién concluido el Concilio Vaticano II, pero la gente no sabía aún que su mensaje iba a cambiar muchos aspectos de la iglesia y a clarificar su liturgia. Eran aquellos años en los que los niños llevábamos un largo flequillo coronando la mirada y una imperiosa necesidad de palpar lo sagrado. Entonces se vivía la Cuaresma y se sabía el significado de la Semana Santa. Todo empezaba el Miércoles de Ceniza, cuando los maestros nos llevaban a la iglesia a recibir la ceniza que nos recordaba que polvo éramos y en polvo nos habríamos de convertir. El cura desde el púlpito nos hablaba de la historia de Jonás y como lograba convencer a los ninivitas para que se arrepintieran de sus pecados. Fueron cuarenta días de penitencia y al final Dios los perdonó. La Cuaresma representaba y representa este tiempo de sacrificios que nos prepara para vivir con plenitud la muerte y resurrección de Jesucristo. Cuando salíamos de la iglesia y llegábamos a casa mostrábamos orgullosos una cruz plateada en la frente que nos introducía de lleno en un mundo de vivencias y tradiciones que en algunos casos se remontaban a varios siglos atrás. Empezaban ahora esos cuarenta días de recogimiento y oración. No era sólo el precepto de no comer carne los viernes, era también el asistir a ejercicios espirituales y setenarios para escuchar la sabia voz de los misioneros y el preparar una ropa para estrenar el domingo de Ramos, porque de lo contrario se nos caerían las manos. La cocina se volvía tradicional y apelaba al bacalao y a los postres dulces.

     La abstinencia de comer carne se cumplía a rajatabla, como algo que se lleva grabado en la memoria y que nos impide traspasar una norma divina, hasta en los bares se sustituía la tapa de morcilla por un puñado de garbanzos tostados o un platillo de altramuces. Protagonistas principales de estas semanas eran las mujeres, sobre todo las muchachas, que acudían mayoritariamente a la iglesia a oír con recogimiento unos sermones que les hablaban de la piedad. Todas llevaban un sencillo velo negro cubriendo sus cabellos, era más que nada símbolo de recato y humildad. La semana que duraban los setenarios, un día por cada uno de los dolores de la Virgen, preparaban al espíritu para vivir con devoción unas celebraciones que exaltaban la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo y su significado: la salvación de los hombres. Así era como se llegaba a comprender que su sacrificio se convertía en agua vivificante que nos llevaría a una gloria prometida en la que su sola presencia serviría para sentir ese gozo eterno reservado a los limpios de corazón. La Cuaresma ayudaba a purificar el alma y prepararla, limpia de pecados, para recibir al Señor. Por este motivo las confesiones se multiplicaban esos días. La fe reverdecía ante la visión de Cristo crucificado y el dolor de su Madre.

     Recuerdo con especial afecto que durante unos años colocaron en la iglesia una bandeja con unos papelillos doblados en los que había escritos una serie de penitencias que había que cumplir. Cada día realizábamos entusiasmados una visita al sagrario y cada día cogíamos  uno de estos papelillos. Se trataba de probarnos a nosotros mismos si éramos capaces de estar unas horas sin hablar, rezar con devoción unas oraciones o ejecutar alguna obra de caridad. También se trataba de vivir virtuosamente desde el compromiso y la reflexión.

     Pero la Cuaresma era también un constante ajetreo en las casas, había que preparar ropas para que todos pudiesen estrenar alguna prenda nueva. Los hombres una camisa o un pantalón y las mujeres un primaveral vestido que resaltara una sencilla belleza alejada de los gustos y modas tan desaforados que imperan en la actualidad.

     Cuando llegaba la Semana Santa la vida se paralizaba. El Domingo de Ramos era el escaparate en el que se miraban unos a otros para calibrar el bienestar propio y ajeno. También nos deparaba unas hojas de palma con la que se hacía torres,  trepaollas y hasta lagartos que te comían el dedo si te descuidabas un poco. Las misas solemnes se sucedían. Empezaba ahora un trajín en la cocina con unos platos que sólo se preparaban en estas fechas: albóndigas de bacalao, bacalao con tomate, tortilla de espinacas, potaje de garbanzos y panecillos…; pero a los niños nos cansaban y no nos gustaban, menos mal que se compensaban con los postres en los que natillas, arroz con leche y bienmesabe endulzaban este tiempo de renuncias y austeridad. Y todo se volvía silencio en las casas: la radio enmudecía, las canciones se sustituían por rosarios y a los niños  se nos prohibía alborotar y gritar. Mi abuela decía que en Viernes Santo no cantaban ni los pájaros.

     El Jueves Santo y el Viernes Santo quedaban impregnados de lo sagrado. La emoción por la rememoración de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo detenía el ajetreo diario. Bares y cines cerraban sus puertas y las familias asistían unidas a los santos oficios. Pero antes se había acudido a la iglesia para recoger agua bendita que se echaba por los rincones de las casas, también se golpeaban las puertas. Se trataba de espantar al diablo, que no hiciera nido en nuestras vidas en unos momentos en los que nos encontrábamos desamparados por la muerte del Señor. Las procesiones sacaban a la calle a todo el mundo, que se persignaba con la cabeza inclinada al paso de los Cristos y Vírgenes de su devoción. También se tocaba el manto de la Virgen en un intento de palpar su  divinidad.

     El Domingo de Resurrección resultaba exultante. La procesión del Niño de las Uvas y el redoble del tambor de la hermandad de la Virgen de la Cabeza animando a la población a acudir en romería al santuario mariano llenaban las calles de colorido y bullicio. En las casas se comía el mejor gallo, había que celebrar que Cristo había resucitado. Los miedos desaparecían y la normalidad volvía a la vida.

     El Concilio Vaticano II ha cambiado muchos de aquellos ritos. A la importancia de la pasión de Cristo se antepone hoy la trascendencia de su resurrección, el Cristo del Amor ha doblegado a la idea de un Dios justiciero, el perdón y la redención  son más importantes que el castigo por la falta cometida. El Niño de las Uvas quedó relegado unos años por la presencia majestuosa del Resucitado... El progreso, como una apisonadora, destruyó multitud de costumbres que consideró anticuadas; olvidó que formaban parte de nuestra cultura, de tradición judeocristiana.  Y sin embargo, uno no puede de dejar de sentir añoranza por un tiempo en el que nos conmovía los ojos luminosos de nuestras abuelas mientras corría un gastado rosario entre sus dedos y una sagrada letanía entre sus labios. Era en ese tiempo de Cuaresma y Semana Santa, de recogimiento y oración, y sólo por estar más cerca de Dios y entender su sacrificio desde los más piadosos sentimientos.


Tags: Semana Santa, Cuaresma, Mengíbar, evocación, religión

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