Viernes, 19 de junio de 2009
Publicado por PoetaRamon @ 9:55  | Articulos Literarios
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EL NIDO DE LA POESÍA

Ramón LUQUE Sánchez

 

 

Como otros muchos que nacimos hace ya unas pocas décadas, yo llegué a la literatura de la mano de la copla, de las muchas nanas y variados romances que mi madre me cantaba de pequeño para dormirme, y más tarde, con unos años más, para mantenerme embobado y quieto a su lado, cuando quería que dejara de moverme y dar la lata por casa. Aquellas coplas eran muy variadas, casi todas de amor, pero había otras que contaban truculentas historias, como la de esos hermanos, separados por el destino, que volvían a reunirse y reconocerse en circunstancias trágicas muchos años después; no importaba que no supiesen el uno del otro ni el nombre, el azar era ahora su aliado igual que antes había sido el motivo de su separación. También estaban las que narraban horrorosos crímenes, y otras picaronas, o inocentes y luminosas como la sonrisa de un recién nacido. Imagino que muchas de aquellas coplas, auténticas crónicas de la España negra, llegaron a ella y su mundo a través de aquellos romances de ciego que alguien llevaba al pueblo y daba a conocer convocando al vecindario con una especie de trompetilla. Después se dedicaba a vender al respetable una octavilla en la que estaba impresa la copla que antes había recitado o cantado. Algo parecido a lo que sucede ahora con los romanceros de nuestro carnaval gaditano. Recuerdo haber asistido durante  mi niñez a las últimas expresiones de un truculento noticiero que la radio y, posteriormente, la televisión acabaron por enterrar. También, cómo no, los villancicos ocupan un lugar de honor en la construcción de ese pórtico por el que me adentré en la literatura, en concreto en el universo de sugerencias y sentimientos que conforman la poesía. La canción popular era el sitio donde anidaba, mecida por el arrullo de una música maternal que me embriagaba.

     Hago esta larga reflexión para mostrar como la literatura, en concreto la poesía, y la música han estado tradicionalmente unidas. Ambas, sin tener conciencia de lo que realmente ocurría, se nos iban introduciendo dentro del espíritu con su sonsonete fácil y pegadizo. Allí  conformaban una opción de vida. La poesía gusta o no gusta, y se lee con fruición o se ignora y detesta, ante ella no cabe la indiferencia. Igual sucede con la música.

     Esta unión entre música y poesía no desaparece con la extinción de aquellos romances de ciego. En nuestro tiempo se sigue conservando y propagando a través de eso que se denomina música de cantautor. Auténticos poemas musicados. España atesora múltiples voces que cantan la poesía. Unas veces acuden a las fuentes mismas: caso de Paco Ibáñez (que pone música a poetas tan extemporáneos y sin embargo siempre tan actuales como Góngora o Quevedo) y Serrat en sus inolvidables discos dedicados a la poesía de A. Machado y M. Hernández.   

     Pero otras veces son  estas personas los que crean y musican sus propios poemas: Víctor Manuel y nuevamente Serrat representan esta tendencia. Más actualmente tenemos el caso de Joaquín Sabina, que no sólo crea grandísimas canciones para contarnos las desventuras de un mundo urbano y canalla, sino que también es capaz de publicar extensos poemarios. Como ese “Ciento volando de catorce” en el que se atreve con el complicado y siempre denso soneto. Ismael Álvarez y Pedro Guerra están es esa misma línea de lo que significa  la unión de literatura y música que se da en los cantautores. Tradición que viene, no hay que olvidarlo, de la Edad Media con eso que se llamó poesía trovadoresca y juglaresca, aunque su origen hay que buscarlo muchos milenios atrás, cuando los hombres y mujeres de la tribu se reunían en torno al fuego para expresar sus sentimientos a través de la palabra, la música y la danza.

     Si hay un arte en el que se unen literatura y música, éste es, sin duda, en la ópera. La ópera ha sido considerada tradicionalmente como un género elitista y caro, necesitado siempre del mecenazgo para sobrevivir, de la aristocracia antes y ahora de subvenciones públicas. Esto y su carácter minoritario es lo que ha permitido tradicionalmente que esté destinado a un escaso y cerrado grupo social, que normalmente tiene, además y para más inri, un elevado poder adquisitivo. Son las paradojas de la vida. La parte literaria de la ópera consiste en un libreto al que el compositor le pone música.

     Pero lo que hace esta simbiosis aún más significativa es que son numerosísimos los casos en los que el libreto surge de una obra literaria ya existente. Es el caso de “Carmen” de Bizet, que es hija de la Carmen de Merimee (como dice la copla de Rafael de León), o “El anillo de los Nibelungos” de Wagner, una leyenda.

     Como vemos, son muchas las ocasiones en los que literatura y música van dadas de la mano, pero ninguna tan eficiente y entrañable como en la canción popular (sean coplas, nanas o villancicos) que nos acompaña en nuestros primeros escarceos ante la vida, cuando nuestra madre con el sólo afán de dormirnos o de distraernos para que dejemos de llorar nos va introduciendo una sensibilidad que es heredera directa de la tradición cultural de un lugar. Una tradición que suele conformarse y formarse con la poesía y la música que impregna la voz materna y nuestros sueños. Así es como ambas se va adentrando en el alma para anidar. Desde allí levantarán el vuelo para llevarnos con su aleteo a un espacio diáfano en el que viven la fantasía y los sueños. Ambos son imprescindibles para desarrollar esa inteligencia emocional necesaria para convertir a las personas en seres completos y equilibrados.

 

     Hago esta larga reflexión porque observo como en la escuela ambos elementos están perdidos. Es cierto que hay una asignatura llamada educación musical, y también lo es que desde pequeños los niños leen con gusto y hasta aprenden algunos poemas de memoria. Pero ambas actividades se hacen demasiadas veces de una manera maquinal y muy técnica. Se explican y trabajan como si fuesen los algoritmos de la multiplicación o los pasos a seguir para resolver un problema aritmético y no son eso. No. Por los menos para los niños. Creo que para nadie.

     De lo dicho anteriormente se puede deducir que ambas materias son mucho más. O, más bien, todo lo contrario. Se habla de la música casi como de una ciencia exacta por la relación que tienen las notas entre sí y con el pentagrama. Demasiadas veces he leído eso de las matemáticas de la música. Igual se puede decir de la poesía, a la que siempre acompaña la métrica y la rima. Pero ellas son mucho más, ambas tienen la facultad de hacernos soñar, de elevarnos por encima de nosotros mismos y trascendernos. Son, por lo tanto, algo intangible. Ésa es también su materia. Tremendo contrasentido. Y es que son muy contradictorias y como tal hay que aceptarlas y potenciarlas. Por eso, para transmitirlas, para enseñarlas y trabajarlas en las escuelas y que sean aceptadas y valoradas no se puede hacer como si fuesen una materia más. Será necesario partir siempre de las vivencias más íntimas del enseñante, de su propia emoción. Difícilmente puede transmitir ese calor quien nunca lo haya experimentado. Sólo puede hablar con propiedad de los efectos de la bebida quienes antes hayan  vivido ese malestar, lo demás será hablar de oídas y de un modo científico. Pero las personas somos mucho más que unos contenidos  químicos y unas fórmulas precisas. Somos también un anhelo, y una pasión, y… Eso es lo que regalan poesía y música.

 

     Son muchos los beneficios que música y poesía nos aportan como para ignorarlas: nos relajan, entretienen y emocionan, nos elevan espiritualmente por encima de nuestro yo, y también, desde ese estado de enajenación, nos abren las puertas de la creatividad y del ingenio. Ambas tienen la facultad de entristecernos o alegrarnos, de despertar el espíritu o de adormecerlo. Todo depende de sus notas, de la magia de sus versos y del momento del día. También posibilitan la ensoñación, la trascendencia y la magia, y nos empujan por caminos por los que deambulan otras artes como son la novela, la pintura, la cerámica…. Todo el que escribe se habrá sentido arrastrado alguna vez por un impulso creativo mientras escuchaba una bella melodía. La música tiene la facultad de abrir esos poros tras los que está presa la imaginación, que se escapa libre en forma de palabras o pinceladas que unos instantes antes nos estaban negadas. No toda la música tiene esa facultad, sólo la excelencia puede hacerlo. No importa que sea clásica o moderna, culta o popular,  lo importante es que la combinación de las notas que la componen lleve dentro de sí la chispa que enciende el corazón de quienes la escuchen. Sucede también con algunos poemas y poetas, no es sólo lo que nos dicen, es lo que sugieren y la cantidad de puertas que abren. Todas llevan a la clarividencia. Por esas puertas se cuela el ingenio, por allí corretea. En su camino se encontrará con la creatividad. Vive allí. La alianza de ambos es la unión de lo sublime, y de lo sublime sólo puede surgir la inspiración y las obras que posibilita, pero ha sido necesario antes que unos versos o unas notas musicales facilitaran tal encuentro. Igual se puede decir de todas las artes, que despiertan la sensibilidad más allá de los sentidos. En eso consiste el arte con mayúsculas. A este respecto, ilustran muy bien este tema las declaraciones de D. Javier Manterota, es el ingeniero que ha diseñado el segundo puente que unirá Cádiz con la Bahía, que en el EPS (15/04/2007) declaraba: “A veces, cuando pensaba en una obra nueva me ponía a Bach para ver si mis ideas así filtradas daban algo sublime”.  ¿Quién para ponerse a escribir en un momento de falta de inspiración no se empapa antes de sus versos preferidos, esos que llevan escondidos dentro sí la multiplicación de la belleza, nuevos versos que sólo el que los lee con emoción e inteligencia puede descubrirlos? Cada uno, dependiendo de sus experiencias previas, de su preparación y predisposición, encontrará unos distintos. Ellos conformarán otra gran obra que nuevamente guardará en su interior el don de la magia y la creatividad que regalan a veces las palabras y las notas musicales.

     Cuando se les pregunta a niños y niñas qué entienden por poesía suelen contestar que está formada por versos y que tiene rima. Pero a poco que se les insista y se les tire de la lengua suelen acertar en lo que esencialmente es: una forma de expresar los sentimientos a través de la emoción. También coinciden en que sirve para decir cosas bonitas y que tiene música. Siempre la música asociada a la poesía Fue una niña de segundo la que afirmó, además, con apenas siete años, que la poesía había que leerla con el alma. Cuanta razón tiene.

     No saben expresar, aunque muchas veces lo intuyen, que la poesía es descubrimiento de la realidad, una manera de aprehender el mundo, esos vínculos ocultos que escapan a nuestra visión y que sin embargo tienen la facultad de soliviantarnos y hacernos llegar al epicentro de la vida, esa que en verdad sí importa. La poesía nos descubre y dibuja  sentimientos tales como el amor, la ternura, el dolor, la esperanza y la desesperanza… Todo lo que nos hacer reír, soñar y llorar está en ella. También la música es así.

 

     Pese a tantos dones como guardan en su interior, a ninguna la dejamos volar en el lugar en el que deberían hacerlo: la escuela. Sin querer las encorsetamos. La música encerrada en un pentagrama, la poesía en una normativa métrica. No dejamos que los alumnos puedan ser ellos mismos versos o ser notas musicales. Sin querer, a ambas materias les quitamos el hechizo que turba y conmueve. Pienso que es fácil. Con la poesía lo he experimentado con mis alumnos: su sensibilidad a flor de piel, el desperezarse de su afán creativo, las ganas de leer más. Sólo basta con mi entrega, mis sentimientos desbordados haciendo algo que me llena y hace feliz. Y la felicidad es contagiosa, como la risa y el llanto. La experiencia, para que sea auténtica, debe convertirse en emoción compartida Si, además, la poesía va acompañada de una estimulante música de fondo, entonces surge el milagro, el tiempo se convierte en algo etéreo y se ralentiza hasta dormirse.

     He dicho antes que era fácil, sólo se trata de llevar a las aulas música y poesía, de alojar entre sus paredes la dulzura de la nana, el espíritu del villancico, el inconformismo de la vieja canción protesta, la pasión de la ópera. Todo dependerá de las edades de nuestro alumnado, de su formación, de sus vivencias personales. Consiste, en definitiva, en dejar que sus espíritus sean nidos en los que ambas incuben para que desde allí hacer ellos mismos puedan hacer un mundo más humano, por el que revolotee ese ilógico aleteo que estremece las conciencias llamado sensibilidad.

 



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