S?bado, 20 de junio de 2009
Publicado por PoetaRamon @ 11:47  | Art?culos de Historia
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  LEER LA HISTORIA: “MEMORIAS DE ADRIANO” de Marguerite Yourcenar

Por Ramón Luque Sánchez

Artículo publicado en la revista TRESANTIÉ del Puerto de Santa María

 

Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre”. (Flaubert)

 

El conocimiento certero, casi fotográfico, de los hechos y hasta de los mismos hombres y mujeres que nos precedieron a lo largo del tiempo ha sido una aspiración de la humanidad desde siempre. Parece que su seguridad, la garantía de su perpetuidad está en ello. Nos lo demuestran esas historias pasadas oralmente de generación en generación que han mantenido viva la identidad de los mal llamados pueblos primitivos. Ellos, más que nadie, saben que su pervivencia como cultura depende en gran medida de la memoria colectiva. Sin embargo, esto no es una característica sólo de las civilizaciones ágrafas. También, desde que aparece la escritura, el hombre ha tratado de fijar sus recuerdos. Cuánto deseo de buscar la inmortalidad, fijar la conciencia común  y señalizar el camino a seguir. Lo vemos en las tablillas mesopotámicas de arcilla, en los jeroglíficos de las pirámides o en los códices medievales. Todos estos rastros y restos despiertan un tremendo afán por conquistar el pasado. Se trata de viajar a través del tiempo para conocer  y poseer los misterios que inquietan a los hombres. Es un anhelo de sabiduría, de encontrar respuestas a preguntas y enigmas que nos asaltan, y también de satisfacer la curiosidad, de saciar esa necesidad de cotilleo casi patológico que asalta a las personas de los más variados estratos sociales y culturales, de conocer, en definitiva, qué pasa en el piso de los vecinos. Por eso, junto a cuestiones tan sesudas como: ¿Qué creencias motivaron el que se levantaran los monumentos megalíticos, o cómo unos burdos godos pudieron acabar con el Imperio más grande de la Antigüedad?,  hay otras no menos interesantes: ¿Escuchó el futuro Alfonso VI mientras se  hacía el dormido, así lo indican las crónicas de la época, de boca de Ali Mamum, rey de Toledo, cuál era el punto más débil para conquistar la ciudad, o fue efectivamente el general Serrano, el “general bonito” como lo llamaba Isabel II, el primer amante de la reina? Preguntas, miles de preguntas, unas más serias y otras mucho menos, a las que tratamos de dar respuesta. Para ello surge la historia, para clarificar y hacernos comprender, para que conozcamos el cómo, el por qué y el para qué a través de una cadena de acontecimientos sin solución de continuidad.

Es por ella que tenemos respuestas, lógicas y probablemente certeras, a muchas interrogantes, pero queremos más, queremos el conocimiento exacto y la visión de los mismos hechos, ver el rostro de sus protagonistas, palpar como Santo Tomás, ser testigos de cargo y escuchar las palabras de Sócrates mientras moría. Es para aprender a morir y, también, para retratar el rostro de su agonía. Para ello surgirá la novela histórica. En el fondo es otra forma de interpretar distinta de la historia, pero de ella deudora. Es cierto que demasiadas veces le falta el rigor de la investigación historiográfica, ese conciliar distintas perspectivas para llegar a lo que se denomina verdad histórica, basada en la aplicación de métodos de clasificación y datación, así como el estudio pormenorizado de los vestigios históricos; pero también es cierto  que ésta es la que permite el atrevimiento no sólo de convertir las ruinas en magníficos palacios, sino el de  hacer deambular por ellos a sus moradores, los protagonistas de la historia. Esto posibilitará el que podamos cruzarnos con Nefertiti  por las calles de Tell el-Amarna o acompañar a Lope de Aguirre a lo largo del Amazonas en su búsqueda de El Dorado; sólo así nos adentraremos en sus preocupaciones y escudriñaremos los entresijos de su alma como si se tratase de un arcaico grimorio abierto ante nuestra mirada.

 

La novela histórica tiene mucho que ver con el mito. Los mitos surgieron para dar luz de una forma coherente a esos puntos oscuros que necesitaban ser iluminados para ordenar y dar sentido al mundo. También la novela histórica hace un ejercicio de imaginación. Justo allí donde se detiene el investigador histórico por falta de documentos y otros materiales aparece el novelista, que consigue dar visos de realidad a lo que sólo es fruto de su fantasía. La novela revive así el pasado. No son meras palabras. El genio del escritor permitirá, a partir de los datos que le aporta la historiografía, levantarse y andar a un homo sapiens sapiens, insuflándole el aliento vital que le hará construir unos útiles que posibilitarán el avance de la humanidad. Tal es el caso de Jean M. Auel en su tetralogía de novelas “Los hijos de la Tierra”. Es cierto que hay mucho de folletín decimonónico en la serie,  pero también lo es que a través de ella visualizamos los rigores de una glaciación, cómo se enciende el fuego sin fósforos o cómo se domestica un caballo. La capacidad de ensoñación del lector hará el resto.

Eso, naturalmente, ocurre sólo con las buenas novelas. Por desgracia, la mayoría son clichés que repiten estereotipos que igual valdrían para situar la acción en el siglo XXX como en el IV a. C. La buena novela histórica, como todo lo excelente, es escasa. Destacar algunos títulos como “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, “Creación” de Gore Vidal, o “Memorias de Adriano” de Margarite Yourcenar. De ella hablaré a partir de ahora.

 

 

Recuerdo que fue algún tiempo después de que Felipe González ganara sus primeras elecciones (1982) cuando durante una entrevista  le preguntaron qué libro estaba leyendo. Su respuesta, “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar,  supuso que la novela se pusiese de moda y constituyese un auténtico boom editorial. El libro, una reflexión histórica y poética sobre el origen del poder político, el amor, el arte y la vida en general, originó un auténtico debate y se habló de él durante mucho tiempo. Yo lo leí por aquel entonces  y desde sus primeras páginas me arrastró.  Ante la perplejidad de mi mirada resucitó la figura  del emperador Adriano y deambuló para desentrañarme su alma y los porqués del imperio romano. Quedé tan subyugado que algunos años más tarde (8 de julio de 1998) no pude resistir la tentación de acudir a Mérida para asistir a su adaptación teatral, un bellísimo monólogo interpretado por Pepe Sancho. Las palabras del viejo emperador resonaron entre las viejas ruinas de Emerita Augusta con el dramatismo y la espiritualidad de una persona en el umbral de la muerte, pero que ha sabido disfrutar de los placeres terrenales desde una profunda sensualidad.

Fue durante la representación cuando cambió mi perspectiva de la obra. Una inmediata relectura confirmó esta impresión, quien razonaba ante mí no era el noble emperador nacido en Itálica, era la Yourcenar y su particular visión de un humanista, de un hombre libre de ataduras religiosas e ideológicas que confía en sí mismo como hacedor de su propio destino. Allí estaba también su idea del mundo clásico y las interrogantes que había ido levantando a través de los años y a las que trataba de dar respuesta. Adriano se me convirtió en Marguerite y ésta en mí mismo y en el hombre en general. Seguro que cualquier persona que ha leído la novela se ha visto reflejado en ella, o le ha abierto las puertas del conocimiento profundo del alma humana. Quién no firmaría como suyas afirmaciones como estas: “La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros”.

Efectivamente, y ello porque el historiador, o la novelista en este caso, jamás podrá retrotraerse al pasado en estado puro, jamás podrá conocer y explicar adecuadamente un personaje o un hecho histórico sin prescindir de su sistema de valores filosóficos, así como de su experiencia política y social. Sólo puede haber un acercamiento en el tiempo cuando se trate de hechos concretos, nunca del alma de las personas, y aquí es ésta la que está plasmada, por eso quien se pasea ante nosotros es únicamente Yourcenar y su retrato idealizado de un hombre revestido con la toga de un emperador romano. A este respecto, J. Aróstegui advierte que explicar la Historia no puede ser dar cuenta de las acciones de los individuos, ni aun de las acciones de los sujetos colectivos, sino que es, básicamente, argumentar por qué un estado social se transforma en otro.

Pero como lectores, a la hora de enfrentarnos al libro, eso no tiene importancia. Desde las primeras líneas nos fascina el razonamiento de este hombre en el ocaso de su vida, que redacta sus memorias para aleccionar a Marco Aurelio. Admiramos su afición por los libros, su particular visión del amor, incluso al estadista que justifica los crímenes de Estado para mantenerse en el poder como si se  tratase de un adelantado Maquiavelo. Nos fascina con afirmaciones como ésta, una auténtica lección ética sobre la vida de la que tanto tendrían que aprender todos aquellos que llevan el desaire y la jactancia en la mirada: “No desprecio a los hombres. Si así fuera no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos… Entre el prójimo y yo las diferencias que percibo son demasiadas desdeñables como para que cuenten en la suma final”. Sorprende su pasión por Antinoo, su joven favorito. Su prematura muerte hará que inunde el imperio con esculturas de su retrato, que lo divinice. Con ello expresa su dolor; también su enorme ego. No es un caso único, está también el Taj Mahal, que Sha Jahan ordenó construir en memoria de su amada Arjumand, o Madinat al-Zahra, que Abd al-Rahman III fundó como prueba de amor a su favorita, Zahra.

La autora consigue levantar a través de un puñado de páginas un escenario histórico mucho más sólido que ese de cartón piedra que artificiosamente despliegan los estudios cinematográficos. A través de la palabra escrita nos lleva al conocimiento certero y claro del hombre. No importa el nombre ni la época. Eso es sólo una anécdota. Lo significativo es la cantidad de verdades que nos revela. Basta abrir el libro por cualquiera de sus páginas para encontrarnos con un hombre vital que luchó por sobrevivir, que sufrió y amó, que incluso pensó en el suicidio. Todo lo hizo con las grandezas y las miserias de cualquier persona, como la misma autora o cualquier lector que se pierda en su lectura.

 

BIBLIOGRAFÍA:

YOURCENAR, M.: “Memorias de Adriano”. Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1990.

ARÓSTEGUI, J: “La investigación histórica: Teoría y método”. Ed. Crítica. Barcelona, 2001.

WHITE, H.: El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica.  caps.: II – III. Ed. Paidos. Barcelona, 1992. http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/publicaciones/novelah.html

 

 

 


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