Lunes, 22 de junio de 2009
Publicado por PoetaRamon @ 23:04  | Relatos
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EL NIÑO QUE ME HABITA

Ramón Luque Sánchez

 

Relato publicado en el nº 20 de la revista PLéYADE

Siempre han dicho de mí que era muy infantil. Incluso cuando era un niño de ocho o diez años. Inocente me llamaban entonces. El problema vino cuando me lo siguieron llamando ya más mayorcito, con dieciocho años, con veinte, con veintidós... Siempre la misma cantinela y la misma angustia como respuesta. La frase cambió temporalmente cuando me iba a casar, ya cercanos los veintiocho, entonces comentaron que me veían inmaduro para el matrimonio. Así hasta ahora. No, que no piense nadie que soy un pasota viva la virgen, todo lo contrario. Soy responsable, demasiado tal vez, y muy trabajador. Acudo puntual a mi trabajo y cumplo con las obligaciones propias de un burócrata, soy secretario del ayuntamiento de mi ciudad. Me considero también buen marido y buen padre, fiel y cariñoso, y siempre he antepuesto la familia a mis caprichos pasajeros o las veleidades literarias que desde niño me han cautivado.

     Añadiré que no he dejado de preguntarme el por qué de estos comentarios. Pero hasta hace unos cinco años no supe encontrar la respuesta, y es probable que tras mi descubrimiento siga equivocado. ¡Es tan difícil penetrar en el corazón y leer los sentimientos! Recuerdo que siendo más joven me enfadaba mucho cuando oía esta frase: Qué infantil es Santos. Entonces me detenía a analizar cada uno de mis actos, a buscarle una explicación lógica. Era una especie de psicoanálisis que no me conducía a nada positivo. Yo me veía como todos mis amigos: las mismas inquietudes, las mismas aventuras, incluso la misma forma de vestir y de hablar. Todo igual, de no ser por lo poco que me gustaba el fútbol y lo mucho que amaba los libros y la literatura. Pero a eso nadie le daba importancia. Todos lo veíamos como esas pequeñas cosas que hacen que la vida sea diferente. Digamos que entre ser del Barça y ser del Madrid, yo elegí la poesía y la novela. Por lo demás, todo normal: muchos enamoramientos en la adolescencia y un gran amor, hasta participé en el grupo folk que montó la pandilla. Eran otros tiempos.


      Superada esa etapa juvenil de autointrospección y harto de oír unas palabras que acabaron creándome inseguridad, decidí pasar a la acción y un día pregunte: ¿Por qué? Vagas y triviales fueron las respuestas. Nadie supo decirme nada seguro y cuantificable. Mi buen amigo Manuel, nos conocemos desde pequeños, fue el único que concretó algo diciendo: Creo que es tu mirada, que a veces se queda perdida como si no comprendiera nada de lo que sucede a su alrededor. No es ingenuidad, no, es... No supo terminar la frase. Siguió contándome otras cosas, lastimosas apreciaciones que no llegaron a ningún sitio ni demostraron nada,  y concluyó afirmando que aunque no lo supiera definir muy bien, lo cierto es que yo era muy infantil, y lo repitió casi enojado por el atrevimiento de mi pregunta. ¿Y la causa?, le pregunté entonces con tono sosegado pese al nerviosismo que me invadía. Probablemente porque te has caído de una higuera, afirmó riéndose burlonamente. Reconozco que ésta y otras respuestas similares me dejaron abatido y sin ganas siquiera de salir a la calle. Lo pasé tan mal que durante unos días me refugié en el aislamiento que producen los muros de una casa y en el calor de la familia. Fue entonces cuando mis amigos se prometieron no volver a recordarme lo infantil que parecía. Me sentí mejor por no oír unos comentarios que consideraba  injuriosos.


     El problema se acentuó meses después, ya estaba casado, cuando por motivos de trabajo dejé mi casa y sus alrededores y me trasladé a un pueblo de la campiña sevillana. A los pocos días de estar allí, al acabar el trabajo, me paré a tomar una cerveza y una compañera, era mi secretaria para más inri, me soltó a la cara y sin la menor consideración: No sé por qué, pero tienes un aire muy infantil, como de niño perdido que no sabe dónde está. La miré incrédulo por su osadía, por la que consideré una desvergonzada opinión que nadie le había pedido ¿Adónde quieres llegar?, le dije sonriendo, sabiendo muy bien a dónde quería ir yo: a mi casa, a tirarme, abatido, en mi sillón favorito, un sillón azul, regalo de mi mujer, que se acoplaba a mi cuerpo sólo por el gusto de darme bienestar. Me sentí muy mal, peor aún. El gran estigma de mi existencia había sido descubierto muy pronto, llevaba allí una semana y ya había oído la palabra infantil asociada a mi nombre. Decididamente, pensé, los amigos no estaban de broma cuando me lo decían. Ni qué decir tiene que mi salida del bar, precipitada y airada, provocó muchas críticas, algunas bastantes malévolas, que hicieron daño a mi vida profesional y social. Conseguí, en cambio, que se me respetara y que nadie hiciera delante de mí un maldito comentario sobre mi comportamiento o desorientación, y ya se sabe, ojos que no ven...  Pese a todo, los años que estuve allí fueron duros, se puede decir que había entrado con mal pie y gocé de pocos amigos.

     La losa de silencio y distancia que cayó sobre mí desapareció años después, cuando pedí el traslado a la provincia de Cádiz, en donde ahora vivo. No quiero entrar en detalles, pero diré brevemente que pronto oí frases y bromas sobre mi personalidad infantiloide. Esta vez no salí corriendo, por nada del mundo quería volver a repetir otra vez la actuación de un histriónico cabreado. Cada vez que alguien me hacía el mencionado comentario me limitaba a meterme un dedo en la boca y a decir con un gesto burlón que el nene quería teta. No pasaba nada, ni una mala cara ni tensión en el ambiente, la mía sí iba por dentro, pero disimulada. Los presentes se reían satisfechos por la ocurrencia, y hasta me gané una inmerecida fama de gamberrote simpático. Añadiré que mantener esa actitud desenfadada y alegre me costaba la misma vida. Este comportamiento está totalmente alejado de mi personalidad real. Creo que por el tono de mi relato se habrá descubierto que  soy un hombre bastante serio y con poco sentido del humor. Cuando cuento un chiste o hago una gracia es por salir del paso y por no parecer un sieso a los demás, pero la verdad es que no me considero nada divertido. Pienso que en el fondo tampoco los demás me ven así. ¡Mira que si estoy equivocado y guardo en mi interior el germen de un humorista...! Un humorista que no habría salido a la luz por culpa de un infantilismo que me ha ahogado.


     Pero, en fin, dejo esos comentarios y me centraré en el instante de mi descubrimiento. Fue por casualidad, como suelen suceder todas estas cosas. Recuerdo que mi hija estaba enferma en el hospital, una persistente gastroenteritis la estaba deshidratando y el médico ordenó su ingreso. El primer día estuvo con ella mi mujer, pero al segundo insistí en quedarme yo. Ya comenté antes que me considero un buen padre y que jamás he hecho dejación de mis funciones. Mi mujer se marchó a regañadientes, las madres siempre tienden a creerse insustituibles. Amanecía cuando la fiebre que la atacaba se le fue pasando y se quedó relajada y dormida. Me pareció un ángel, sus hermosos ojos color de miel estaban cerrados, pero había una paz en su interior que parecía iluminarla. Lloré en silencio al verla tan calmada. Lo peor ya ha pasado, pensé. Fueron lágrimas de felicidad que me bañaron el alma, y a través del reflejo de aquellas lágrimas me vi de niño, con cinco años. Miraba horrorizado el cadáver de mi padre muerto al que todos insistían en que le diera un beso. No lo hice y me duele. Aquel niño lloraba desconsolado su tragedia. No era miedo a la muerte, lo sé, era desamparo ante la vida. Cerré los ojos rotos de pena, pero aquel niño me siguió mirando desde el interior de mi alma. Entonces comprendí que así llevaba ya más de treinta años, su cara muda de asombro ante el dolor y la muerte parecían gritármelo. Un grito de estupor que yo no había oído hasta ahora. Juro que quise detener el tiempo, quedarme mirando a aquel niño desde el silencio, recrearme en su soledad, abrazarlo y reconciliarme con él. Pero no pude, al respirar aquella imagen se me fue borrando, poco a poco, hasta encontrarme con la cara dormida de mi hija, una cara que me sonreía desde su candidez. Estuve llorando  mucho tiempo, fue un llanto sin prisas, un llanto calmo que parecía besarme. Y al fondo mi hija, un ángel que me regaló un milagro. Cuando me tranquilicé le escribí una poesía, la mejor de mis poesías. Versos nacidos directamente de la emoción y del sentimiento.

   Es la primera vez que cuento estos hechos, la primera vez que muestro a los demás el gran secreto de mi corazón. Probablemente todo es mentira y aquello fue sólo una alucinación provocada por la ansiedad que me produjo la enfermedad de mi hija. No lo sé, pero desde entonces no me ha importado que nadie me llame infantil, tampoco hago ya el payaso cuando me lo dicen. Lo que sí hago es hablar con el niño que me habita, aquel que se quedó detenido dentro de mí hace ya tantos años para acariciar mi espíritu, para dotarlo de la sensibilidad y de la inocencia que sólo poseen los más pequeños.

 


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