S?bado, 27 de junio de 2009
Publicado por PoetaRamon @ 16:31  | Art?culos de Arte
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HABLAR CON UNA ESTATUA: PIET? RONDANINI? (Ram?n Luque S?nchez)?

Art?culo publicado en la revista-libro ateneo de C?diz



Qu? mal se te ve. Eres aflicci?n. Tu rostro, apenas una mancha de dolor, parece querer hablar de lo divino y de lo humano, de la belleza y del horror, de lo tangible y de lo inefable, de la transcendencia en s?, de la resistencia m?s all? de la propia capacidad de aguantar y, sobre todo, qu? significa eso de la maternidad. T? eres, ahora y siempre, maternidad. Eres s?mbolo de la madre sufriente que se mantiene en pie s?lo por sus hijos, por la inacabable capacidad de una madre para dar, aunque el fondo del bolsillo est? ya vac?o, aunque el acerrojado arc?n en que se guardan los sentimientos est? roto por el exceso de uso. De ?l parecen haber escapado los ?ltimos resquicios del afecto. Pero a una madre siempre le queda m?s. Siempre le queda una moneda en el cuarto o quinto pliegue de su coraz?n. ?Tambi?n eres pureza, la ausencia de un mal pensamiento que aleje a los hombres, a ti misma, de ese bien idealizado llamado salvaci?n y que se exterioriza a trav?s de la resurrecci?n. Claro que t? no puedes saber qu? es eso de morir y resucitar. Eres la ?nica que ha escapado a la putrefacci?n, por eso tanta inocencia, tal vez por eso tanto amor. Te veo mayor, nada que ver tu figura con esa otra que muchos a?os antes esculpi? Miguel ?ngel. Parece como si ese rostro de ni?a-madre que conserva toda la frescura ideal de la adolescencia, por el que los estragos del tiempo no han hecho ni har?n mella ?qu? equivocaci?n, verdad-, hubiera sucumbido de pronto a la certeza de que la muerte no es nunca una liviandad, y que, pese a la resurrecci?n esperada, eso no nos alejar? del espanto de tener que sufrir para morir. Ya lo dice la Biblia, aunque nadie quiere entender ese vozarr?n de verdad. Tambi?n t? sufres, ambos sufr?s, no importa que se?is s?mbolos de la esperanza y de la redenci?n a trav?s de la entrega desinteresada. Nadie puede escapar de la maldici?n del sufrimiento. Te miro y no s? c?mo no te derrumbas. Apenas atino a vislumbrar si eres t? la que sostienes a tu hijo, o es ?l, el rigor de su muerte, el que te mantiene a ti, o tal vez sois ?los dos que os apoy?is uno en el otro para no caer, para quedaros as?, en esa posici?n vertical por la que ascender a trav?s de la imaginaria escala de la fe hasta ese cielo prometido, del que sois v?ctimas y reyes. Cu?ntas veces, tal vez demasiadas, siempre, somos se?ores y esclavos de nuestras debilidades y pasiones, de ese camino que se?alamos en un momento de enso?aci?n y del que despu?s, como si fuese una premonici?n, no podemos apartar de nuestro diario deambular. Ambos sois camino y meta, una meta triunfal, aunque jam?s exenta de la previa derrota a trav?s de la renuncia y del miedo a ser. Eres sencillez. Nada que ver con esas V?rgenes que ense?orean la Semana Santa espa?ola. Frente al lujo artificioso eres austeridad, frente al desamparo eres refugio.?? Y sin embargo, pese a la distancia y al tiempo, hay algo en ti y en ellas que es com?n: la capacidad de conmover, la capacidad de ser puente que lleve de vosotras al hijo, la capacidad de llamar a las puertas del cielo para hacer posible el milagro. Tambi?n t? eres Dolorosa. S?, tambi?n t?. Eres elegancia. Bajo ese ropaje sencillo y carente de todo rastro de ostentaci?n, se adivinan esos m?gicos trazos que ennoblecen una figura hasta revestirla de esa eterna p?tina que se llama cl?sico. El velo no trata aqu? de ocultar nada, nada hay que ocultar cuando nos expresamos a trav?s del coraz?n, es simple reflejo del duelo, del pesar que no deja tiempo al descanso cuando se nos muere un hijo. Y sin embargo, no hay un solo rasgo hiriente en tu figura, nada que trasmita la rabia y desaz?n que debes sentir ante la afrenta recibida. Parece que has superado esa etapa de imprecaci?n ante la injusticia para llegar a la mansa resignaci?n. En el alma deben estar contenidas, amordazadas para no gritar. Los ojos agachados, posados en lo infinito del suelo, delatan que ya no puedes m?s. Te veo espiritual, es como si el m?rmol, siempre s?mbolo de lo material, se hubiese descarnado de su apariencia para, a trav?s de la sublimaci?n, convertirse en un soplo de sentimiento que es el que le da consistencia a la piedra. Todo al rev?s. Cu?nta contradicci?n. Te veo sola. Tu hijo parece no existir, su mirada, ya apagada, nos muestra otra realidad ajena al ser humano, es otra dimensi?n en la que ya no existen la pena ni el dolor. Eres t? la que das vida al conjunto. S?lo t? la que parece hablar, la que desde la mudez de una boca cerrada da rienda suelta a los sentimientos m?s desbocados, aquellos que conducen a la emoci?n, una palabra plena de may?sculas, como si se tratase de un r?tulo luminoso llamado PIEDAD. Eso mismo dicen tus brazos; tu cuerpo, que parece se va a desmoronar de un momento a otro; tus piernas, en las que se adivina un leve temblor; tus manos, que mas que sujetar se sostienen en la ilusi?n de que pase pronto el sorbo de ese c?liz de pasmo e incomprensi?n.?

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La miro y me sorprende. Siempre lo hace. Me impresiona c?mo con unos pocos golpes de cincel el escultor ha podido decir tanto, ha sabido transformar una piedra en un s?mbolo del dolor, de la fr?gil esperanza que se transforma en caridad a trav?s de la angustia.? Es la poes?a hecho piedra, un canto a la misericordia que traspasa las conciencias para llevarlas a la ingravidez del misterio hecho luz. En su esencia est? escondida la inmortalidad, s?lo algunos hechos lo consiguen: morir joven (el hijo), o dejar una obra grande y bella inacabada (la escultura lo es); tambi?n la tragedia (los dos la vivieron, cada d?a siguen revivi?ndola). Apenas hay un esbozo de las figuras, pero a trav?s de las mismas nos preguntamos sobre el origen de la redenci?n, sobre la esencia de la libertad espiritual. El gran Miguel ?ngel estaba ya muy anciano cuando comenz? la talla. Sorprende ese llamado arrepentimiento, el brazo del hijo que se yergue sobre la roca como si fuese un reto?o primaveral. Pero ah? acaba todo renacimiento, ah? acaba toda ilusi?n. En ese brazo muere la terribilit? miguelangelesca, esa desaz?n que hace temible al Mois?s del mismo autor. En medio del proceso debi? mirarse a s? mismo, lo que quedaba del artista arrogante que debi? ser. Entonces cambi? la fuerza por la sumisi?n, el desaf?o por la aceptaci?n, la fortaleza por la expresividad. Debi? adelgazar los cuerpos hasta alcanzar esa ingravidez que habla m?s del esp?ritu que de una materia que tiende a desaparecer. Para ello el escultor debi? mirar atr?s -cu?nta renuncia se halla escondida tras este gesto-, y volver a un g?tico que cre?a extinguido desde antes de empezar a esculpir.? Nos muestra as? una imagen incomprensible a la mente pero que ara?a el coraz?n. Por eso ambos se funden en uno. Es una sola pose de arm?nica laxitud. Parece que van a caer, pero no, se quedan como flotando, los cuerpos se comban en un ligero arco que no les resta estabilidad. Es en un acto m?s de divina humildad que de humana rendici?n.

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Tags: Piedad Rondanini

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