S?bado, 15 de agosto de 2009
Publicado por PoetaRamon @ 19:42  | Relatos
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Relato galardonado con el primer Premio de relatos convocado por el Ateneo de Cádiz con motivo de Cuarto Centenario de la publicación del Quijote.

UN NIÑO EN EL LABERINTO

Ramón Luque Sánchez

 

 

No recuerdo cuándo empecé a leer, cuándo tuve por primera vez conciencia de que “a + m + o + r” formaba la palabra amor y, sobre todo, de que esas letras unidas eran capaces de evocar y conformar el sentimiento más grande y noble que puede albergar un corazón. Sí recuerdo, muy levemente y después de hacer un prolongado ejercicio de introspección,  el hecho de estar (siempre con miedo) encima de una tarima tratando de memorizar que la eme con la a formaban ma. Claro que eso no es exactamente leer, y si no que se lo pregunten a los miles de estudiantes que fracasan porque no comprenden los textos de los que se tienen que examinar. En eso sí reside la esencia de la lectura, en comprender, en levantar el mundo que subyace debajo de unos signos escritos en un papel.

     Siempre me acompañan las muchas horas que mi abuela me entretenía contándome viejos cuentos, casi todos olvidados, con ellos me alimentaba el alma y la imaginación. Las primeras palabras escritas que tuve entre mis manos debieron ser las que contenía la colección de cuentos de Calleja que generosamente regalaba una marca de chocolate. Venían ilustrados y con ellos pasé mucho tiempo. Recuerdo que leí y releí unas historias que llegué a memorizar. Con ellas, que acababan con una especie de moraleja igual que las fábulas, aprendí mucho. Estos ejemplos eran las que ponía mi madre cuando me quería remachar algunos de los valores con los que hace unas décadas educaban a los niños. La literatura estaba entonces mucho más metida en la vida que ahora, y ello pese a los pocos libros que había en las casas. El relato oral estaba en la conciencia y el cuento formaba parte de la infancia, como la leche en polvo y las botas katiuskas en los días de lluvia. También el libro antes de la llegada de la televisión, cuando las familias se reunían durante el invierno en torno a la mesa y el brasero con un gigantesco tomo que día a día alguien leía en voz alta para el deleite de todos.

     Recuerdo que ya desde pequeño esos objetos rectangulares y con muchas hojas tuvieron el poder de hipnotizarme, de atraparme en un raro laberinto circular con algunos recovecos llamados emoción y aventura, también sensibilidad y gozo. Era un largo pasillo con forma de caracol que te iba adentrando paso a paso, palabra a palabra, hacia un centro en el que residía la verdad y el conocimiento. No era, no es,  nada claustrofóbico, pues se trataba más bien de una larga carrera, un viaje iniciático en donde todo era importante. El aprendizaje final no era la consecuencia del premio obtenido por haber llegado a la meta, todo lo contrario, el premio consistía en echarse a andar. Y eso era, es, lo valioso, por lo que merecía y merece la pena hacer el intenso peregrinaje que supone la lectura de un libro. Empezaba con la primera letra y acababa con la última, justo antes de aparecer unos signos que ya pertenecían más bien al próximo libro: fin. Entonces se llegaba a una plaza en la que desaparecía cualquier rastro del túnel. Allí se remansaba un aire diáfano que se adentraba  a través de los poros de la piel. Era la certeza ante la incertidumbre, la sorpresa ante lo previsto, la vida que palpitaba con pasión en nuestro interior. Después, casi sin querer, te encontrabas fuera, en  un lugar amplio y con numerosas puertas: cada uno de los libros que te asaltaban y hacían soñar, cada uno de los que te interesaban y que tú querías leer. Aún hoy sigo teniendo esa misma sensación, ese mismo alborozo.

     Seguiré diciendo que ya desde niño sentía una especie de sobrecogimiento al tener un libro entre las manos. Eran los enormes folletines atesorados por la familia que guardaba una tía solterona. Los dejaba con cuentagotas y a regañadientes, como si fuese una antipática bibliotecaria que presta los libros por unos días después de hacerte mil recomendaciones. Olvidaba que ella, debido a su estado civil, era sólo la depositaria de unos cuantos ejemplares atesorados por sus abuelos, que vivieron más acomodados de lo que lo  hicieron posteriormente sus hijos y sus nietos. Supongo que al igual que Don Alonso Quijano, ellos debieron vender parte de su patrimonio por comprar esos enormes tomos, hoy desprestigiados, que acabaron al pasar de los años vendidos al peso a una librería de viejo.

     Fue esa tía la que me regaló mi primer libro: “Amanda y Percy van de compras”. Se trataba de uno de los primeros cuentos troquelados con ilustraciones a color. Se comprenderá que de un título así nada pueda quedar de su contenido. No lo merecía. Sí recuerdo, en cambio, un libro que me dejó una honda huella. Se trata de “Rip van Winkle” de Washington Irving.  En él se narra la historia de un hombre que, encantando por unos duendes, se queda dormido durante años. Cuando vuelve a su pueblo es un desconocido. Con él aprendí (todos los libros nos enseñan algo) que sólo el paso del tiempo para borrar cualquier hecho, cualquier alegría, cualquier dolor. Tenía unas bellísimas ilustraciones a color que me deleitaron. Con ellas terminé de construir al protagonista y le di vida. Pocas veces se disfruta más leyendo que de niño. A más ingenuidad, más capacidad de abstracción y evasión; más disfrute.

     Volví a leer el libro mucho después y todo cambió. No eran, como creía,  cien los años que el protagonista está perdido, sino veinte. Lo que imaginaba una historia sobre el olvido, no pasaba de ser un relato sobre leyendas de origen holandés: de unos tipos, supuestamente muertos años atrás,  que aparecían cada veinte años para jugar a los bolos entre las montañas. En esto radica el poder de la literatura, en la posibilidad de crear un mundo mágico en el que cabe todo lo que los hombres puedan imaginar. Ese mundo tiene la facultad de ser creíble, y es de una extraña consistencia y plasticidad. Volviendo a “Rip van Winkle”, diré que lo que yo había idealizado como una gran novela no pasaba de ser un bello cuento. No fue igual que cuando era niño, aunque sí lo fue mi capacidad de evasión y aventura, la destreza del autor para crear una nueva realidad, que atrapa como lo hace una tupida tela de araña con un insecto. La diferencia está en que el arácnido destruye y quita la vida, el libro, por el contrario, la da. Creo que en esto reside la magia de esos libros que hemos dado en llamar clásicos.

     Entre los diez y los doce años atravesé una etapa en la que devoraba todos los libros que caían en mis manos. Leía convulsivamente, desde los viejos folletines que almacenaba mi tía hasta los ejemplares más diversos de la biblioteca escolar, la única que existía en el pueblo. Empecé con los cuentos de Hans Cristian Andersen y los hermanos Grimm y acabé con imposibles. Me subyugó Bécquer, me aprendí sus “Rimas” de memoria. Me sobrecogió la LXXIII:  ”Cerraron sus ojos“; mi idea de la muerte va unida inevitablemente al sentido de la desgarrada soledad que se desprende del poema. También algunas de sus “Leyendas” me emocionaron, como “Maese Pérez el organista”. No he conseguido superar con los años esa misteriosa atmósfera de misterio. Tiemblo siempre que lo leo. También descubrí a Julio Verne, y me robaron muchas tardes algunas de “Las aventuras de los cinco”.  Asimismo, pasó por mis manos el “Poema de Mío Cid” en un castellano antiguo que me tiraba. Lo dejé por aburrimiento a las pocas páginas y no he tenido valor de volverlo a coger, y digo coger porque conservo aquella versión original editada por Clásicos Ebro. Me la quedé, no pude resistir la tentación de poseer algo sublime: el tacto del papel recio y seco, como papel de estraza, y unas ilustraciones bellas que representan la vida de una época en la que los  héroes todavía eran posible. Intuía ya entonces que esos libros antiguos y bellos en sí mismos acabarían robándome parte del alma.

     He de destacar que es durante estos años cuando se desarrolla mi amor por la poesía. Creo que desde siempre me ha seducido su ritmo perfecto, más propio del cielo que de la tierra, y su capacidad de magia y evocación. La afición debió empezar con las fábulas que venían en las antiguas enciclopedias.  Todavía, después de casi cuarenta años, soy capaz de recitar algunas de memoria. Después  llegaron los romances. “La canción del pirata” de Espronceda, o “Un castellano leal” del Duque de Rivas eran entonces lectura obligada. También “A buen juez, mejor testigo” de Zorrilla. Como se ve, todas cargadas de una fuerte ideología: la exaltación de la libertad, el amor a la patria y el rechazo del traidor, la justicia divina...

     El que leyera a Bécquer entre diez y doce años no es ningún mérito, pues casi todo el mundo ha hecho a esa edad. También lo hice con Antonio Machado, la admiración por su hermano Manuel llegaría mucho después. Fue entonces cuando me aprendí de memoria “La tierra de Alvargonzález”, que fortaleció en mí la conciencia de que el infame siempre es castigado. La vida me ha demostrado que no siempre es así, o tal vez sí, nunca se sabe la congoja y el dolor que pueden llegar a arracimarse en el alma de cualquier hombre. Pero sería años después  cuando entendí el poder de seducción de la poesía. Se conocen sus leyes, su mecánica, pero eso no quita para que el resultado sea sorprendente. Es parecido a lo que ocurre con el arco iris, se sabe la causa de su existencia, y sin embargo, no podemos por menos que quedar boquiabiertos cuando sucede. Esas gotas de lluvia que se descomponen en un tapiz multicolor con la luz del sol siempre acaban siendo una puerta al mundo de lo mágico y lo sublime.

     Fue poco después cuando comencé a coleccionar mis primeros libros: aquellos que compraba con muy poco criterio en mercadillos callejeros y los que me recomendaban leer en el instituto, pero que yo quería conservar. Por nada del mundo, nunca más, desprenderme de un trozo de papel que había tenido la facultad de arrastrarme y apoderarse de mí, o viceversa. No lo sé. Pero ésa es otra historia que empieza justo cuando acaba ésta que he narrado.


Tags: lectura infantil, niño, laberinto

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