Domingo, 13 de septiembre de 2009
Publicado por PoetaRamon @ 21:02  | Articulos Literarios
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Resumen del discurso de ingreso  en el Ateneo Gaditano. Publicado en la revista-libro ateneo en el año 2004

 

 

LEER: PASIÓN, AVENTURA... VIDA

                                                   RAMÓN LUQUE SÁNCHEZ

 

Pocas cosas más emocionantes que un viaje. Primero la planificación: incertidumbre y preparativos; días de soñar despiertos. Después la fiesta, el gozo, el descubrimiento que siempre supone un viaje. Finalmente, el poso cultural y de vivencias que se queda en nuestro interior para formar ya parte de nosotros mismos. Viajar es sinónimo de pasión y de aventura; en definitiva, de vida. Igual sucede cuando leemos un libro. Leer es también un recorrido a través del gran edificio que siempre es una buena obra literaria, con la diferencia de que en vez de observar  ventanas y piedras se observan palabras y las frases que éstas forman. No debemos olvidar que al igual que hay libros intemporales, los hay para determinadas edades y momentos; acertar en la elección es muy importante. Leer es también una forma de hacer y soñar, y eso es vivir.

 

     Si hay un libro que me emocionó y sigue haciéndolo a través de los años, éste es, sin duda, “Memorias de Adriano” de Margarite Yourcenar. Nada más empezar su lectura, la voz de la autora se disuelve entre las ruinas de un tiempo antiguo, y la figura de un viejo y noble emperador romano va adquiriendo forma, palabra a palabra, hasta cobrar vida y llevarme con su narración a un tiempo que siempre he admirado por los libros y las películas pretendidamente históricas. En una de sus páginas, el emperador Adriano, que redacta sus memorias para aleccionar a Marco Aurelio, su sucesor, sobre los peligros del mundo y del amor, y los juegos de la vida y el poder, afirma: "La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros” (1).

     Pocas definiciones más certeras y hermosas nos podemos encontrar sobre el poder de la palabra escrita, de eso que hemos dado en llamar literatura y que queda recogida en unos objetos, normalmente rectangulares, que son los libros, capaces de mostrarnos caminos por los que transitar en la vida. Y como ésta, cuando hemos acumulado años y experiencia, nos puede enseñar a descifrar todo aquello que está en los libros y que no encontramos durante la juventud. Pero para que esto suceda es necesario no sólo tener años, sino haberlos vivido con plenitud. Se trata de haber amado, gozado y sufrido.

     Yo tuve la suerte en mi juventud estudiantil de ser alumno de D. Alfonso Sancho; él, catedrático de literatura, dijo en una de sus clases que para disfrutar con plenitud de algunas de las grandes obras de la literatura universal se tenía que haber vivido mucho, recuerdo que aclaró esta afirmación con haber sufrido y gozado con intensidad. Entonces pensé que esto era una temeridad, sin embargo, el transcurrir de los años ha ido fortaleciendo en mí el sentimiento de que aquel profesor de eses silbantes poseía toda la razón. Es cierto que desde entonces siempre he tenido como una asignatura pendiente la lectura de algunos clásicos, pero también es cierto que en la madurez he disfrutado sin límite de otras grandes obras como “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique. Obra que es necesario releer en esta edad en la que ahora me encuentro y en la que por desgracia se nos van muriendo los padres. Sólo entonces, ahora,  es posible disfrutar de estos poemas y vivirlos y vivificarlos. Sólo ahora la lectura deja de ser un mero ejercicio de comentario de texto, una búsqueda de la figura literaria, para convertirse en una reflexión sobre la vida y la muerte, sobre la fama y el olvido. Es este momento en el que afirma Yourcenar: “...la vida me aclaró los libros”.

     Y es que considero que cada libro tiene un momento para ser leído. Hay ocasiones en las que nos enfrentamos a libros que no llegan a nosotros en el momento adecuado. Es una pena, pero grandes obras de la literatura pasan ante nuestros ojos como si fuesen novelitas del oeste, de esas que escribía Marcial Lafuente Estefanía y que se leían en una tarde de guardia cuando se hacía la mili. Lo que quiero decir es que hay un momento mágico y especial en el que una obra nos llegará tan hondo que se adentrará en nuestro mundo hasta poseerlo. No hay que dejar pasar esa oportunidad, porque si, transcurrido un tiempo, leemos el libro, lo más probable es que ya nada sea igual. A veces estos libros nos llegan por críticas en revistas especializadas, por los comentarios de otros libros que tratan la historia de la literatura, por entrevistas en televisión, recomendaciones de un amigo, por intensas campañas de publicidad, por su portada, o por el autor. Seguro que es interesante cómo llegamos a él en el momento justo. Sería fascinante la elaboración de una historia, una especie de intrahistoria de la literatura, como diría Unamuno, en la que cada persona contara cómo el azar o la determinación le llevaron a enfrentarse y disfrutar con un buen libro; sería enriquecedor y maravilloso que esta historia se grabara mágicamente en la introducción del mismo y estuviera al acceso de cualquiera que fuera a leerlo. Yo he de reconocer que mi lectura en esos libros que me conmovieron fue casi siempre fruto de la casualidad, de mi afán, un tanto anárquico e inmaduro, de conocer y sentir. 

     Pero hacía esta larga reflexión para comentar que detrás de cada lectura siempre hay una historia, por qué este libro y no este otro, por qué en este momento y no hace tres años, cuando nos hablaron de él, por qué disfrutamos con un libro en una segunda lectura y no con la primera. ¿Es que ya ha llegado ese momento justo o hemos vivido bastante, como decía mi profesor de literatura?

     Probablemente esta fue la causa, no ser el momento, por el que no disfruté con la primera lectura de “Pedro Páramo” de Juan Rulfo.  Me pareció una maraña de nombres  e historias sin pies ni cabeza. Y sin embargo, a mí me maravillaba que un autor hubiera conseguido tantos reconocimientos y galardones, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Letras, por sólo una novela corta y un libro de cuentos. Esto y sus pocas páginas me animó a una segunda lectura. Me pareció igual que la primera vez. Bastantes años después –fue casi una autoimposición- volví a intentarlo. Esta tercera vez sí sucedió el milagro: Juan Preciado y todos los fantasmas de Comala me abrieron su interior para contarme los rencores por los que aún no habían podido descansar en paz. Ese mundo de ficción estuvo vivo y se paseó ante mis ojos mostrándome una realidad y una luz mucho más intensa que aquel cuarto iluminado por una lámpara eléctrica en el que estaba leyendo. Yo también fui fantasma, atado a una tumba de la que no podía escapar. La falta de corazón de Pedro Páramo me dejó inmóvil, atrapado por esa falta de resolución que a veces golpea a los hombres. Unas páginas escritas tuvieron el poder de hacerme sentir miedo. No hay nada más pavoroso que encontrarnos cara a cara con un hombre sin corazón. Durante aquella lectura yo estuve enfrente de Pedro Páramo.

 

     El acto de leer tiene bastantes similitudes con el de que visitar y conocer un edificio. Y digo edificio y no cuadro o escultura porque lo normal es que ambas obras de arte puedan ser abarcadas con una sola mirada, cosa que no sucede nunca con un libro. El edificio se puede recorrer con rapidez, aunque dejándonos maravillados y con la boca pronta a soltar un ¡Qué bonito! Pero si luego después nos preguntan sobre él no sabemos decir nada más que un ¡Muy bonito todo! Con la novela sucede igual, las páginas pasan ante nuestros ojos con rapidez, arrastrados por  la historia que nos cuentan. El relato en sí nos maravilla, pero hemos utilizado tan poco la cabeza que cuando nos preguntan sobre el libro leído no sabemos decir nada más que  un ¡Muy bonito todo! Igual que sucedía con el edificio. Y si alguien nos insiste en más detalles, cortamos rápidamente y le recomendamos muy vivamente algo como esto: “Léelo tú, que, de verdad, es muy bueno”. Todo menos que nos obliguen a decir algo que sí existe pero que a nosotros se nos escapó porque no hicimos una buena lectura.

     El buen observador del edificio no pasa corriendo por habitaciones y pasillos; una visita inteligente es algo más que dejarse asombrar mudamente por la belleza del lugar sin que seamos capaces de preguntarnos y de preguntarle, sin que seamos capaces de distinguir aquellos detalles que lo ennoblecen y hacen grande. No hay que ser un entendido en arquitectura para realizar este paseo. La respuesta que dé una persona que recorra este edificio con las miras que antes he señalado no será un simple: ¡Qué bonito! Para hacer una visita como la que acabo de mencionar sólo es necesario curiosidad y claridad de ideas. Lo mismo que necesita el buen lector de un libro.

     El buen lector es aquel que lee no sólo con los sentidos, sino también con el alma y la inteligencia. También debe de intervenir la voluntad. Abrir los ojos, como sucede cuando estamos ante el televisor, no es suficiente para leer. Hay que partir de que una obra literaria está hecha con palabras, un buen lector no puede olvidar la materia prima, y que la manera de ordenar estos elementos es lo que determinan una obra u otra, también determina las calidades y emociones, por eso hay buenas, mediocres y malas obras literarias. Tampoco se debe olvidar que si estas palabras están ordenadas con sabiduría son capaces de levantar un palacio exuberante y grandioso, igual o más que una de las Alhambras del mundo, un edificio armonioso y noble como lo son todas las grandes obras maestras de la literatura. Si viendo una construcción hay elementos que nos deslumbran y seducen, también las palabras pueden hacerlo, sucede cuando las utilizamos con propiedad y justeza, pero mucho más cuando somos capaces de unir dos o más palabras de manera que formen una metáfora, una imagen preciosa que nos desconcierta, entonces dos mas dos ya no son cuatro El resultado es mucho más que la suma de sus palabras. Las palabras unidas así posibilitan un mundo nuevo dentro de la narración o el poema que nos sugestiona, y provoca que nuestro entendimiento se abra a nuevas posibilidades de conocimiento y de percepción que más tiene que ver con la ensoñación y lo fascinante que con los sentidos y la razón.  Vemos como de esas dos palabras no paran de surgir otras nuevas, las palabras han abierto una puerta por la que se ha colado la emoción, también la intuición y el conocimiento puro capaz de llegar a la esencia de las cosas. En este momento las palabras desaparecen porque ya no sirven para nada y nuestro cuerpo queda inundado por un sinfín de sensaciones primitivas y eternas. Es la vida que fluye y con ella los sentimientos que son su vestido: la pasión, el amor, el miedo... Por eso un buen lector no puede dejar que se le escapen determinadas frases y expresiones. Dejar que se pierdan es huir de la percepción a través de la intuición, es escapar de la turbación y el conocimiento que provoca siempre un buen libro.

     Hablaba  del recorrido  por un edificio que siempre supone la lectura, pero al igual que nos detenemos en elementos que nos llaman la atención y a los que solemos echar la fotografía con la idea de eternizarlos y llevárnoslos a casa, también echamos esas fotografías cuando leemos: son los subrayados y notas que escribimos. Se trata de eso, de dejar pistas, rastros de nuestro paso para que sea más rápido llegar a aquello que nos emocionó o simplemente llamó la atención. Se trata de atrapar palabras para que de alguna manera siempre estén a nuestro lado para servirnos y prepararnos el equipaje para el fabuloso viaje que siempre representa un libro. Si cuando miramos las viejas fotografías, éstas tienen el poder de hacernos revivir la emoción de un viaje, también revivimos la emoción de una lectura cuando leemos las notas y subrayados que hicimos.

     La lectura sirve también como creadora de una realidad que complementa o sustituye a esa otra realidad de verdad en la que vivimos y a la que a veces le falta la belleza de la palabra escrita. Eso puede suceder con los libros de viaje, pero también con una novela o cualquier obra que trate de algún lugar que hayamos imaginado después de leer sobre él. Es muy probable que cada uno de nosotros haya leído una descripción de un paisaje, de un palacio, de... y haya sentido lo mismo que a mí me sucedió. Recuerdo una tarde entregado a la lectura de Rainer María Rilke, concretamente sus “Cartas a un joven poeta”, la fechada en Roma, el veintinueve de octubre de mil novecientos tres, cuando refiriéndose a la ciudad eterna leí algo tan hermoso como esto: “...El agua rebosante de vida, discurre hacia la gran ciudad en infinitas corrientes por los viejos acueductos, y baila en las numerosas plazas, en pilas blancas de piedra, y se extiende en amplias y espaciosas tazas, y murmura de día, y acrecienta su murmullo por la noche, que aquí es basta y estrellada y surcada por la brisa. Y aquí hay jardines, inolvidables alamedas y escaleras concebidas por Miguel Ángel, escaleras hechas a semejanza del agua que cae y que desciende con amplitud, pariendo escalón tras escalón como ola tras ola” (2). Después de leer este párrafo una sensación extraña me invadió y mi mente voló, sin pretenderlo los recuerdos me trajeron a la memoria la escalera de la Biblioteca Laurentiana construida por Miguel Ángel en Florencia. Abrí el viejo libro de arte y me la encontré de nuevo, pero mis ojos confundieron el mármol con agua. Supe que ya siempre sería así, la vieja escalera se había transformado en una sucesión de pequeñas cataratas por las que discurría un agua que tenía el blancor rosado del mármol. Nunca he visitado La Alcarria, pero sé que si viajara allí lo haría bajo la certera y bella  mirada de Cela.

 

     A lo largo de los años he conocido a muchos tipos de lectores: culto, apasionado, melindroso, romántico, consumista...  No voy a hacer una descripción superficial y por tanto tópica de los que considero más usuales, eso sí, quiero aclarar que las distinciones entre ellos casi siempre son pueriles, en realidad hay tantos lectores como personas. Dice una máxima budista: “Mil monjes, mil religiones”. Igual pasa con los que leemos, y no sólo eso, dependiendo de las circunstancias y del momento anímico en el que estemos podemos ser un lector u otro, también podemos ser varios tipos a la vez.

 

     Leer bien es una experiencia intracorporal, se empieza con el sentido de la vista y con la inteligencia, pero después se involucran el estómago y el corazón, se acaba con que la piel y el resto de los sentidos también participan. Al final todo el cuerpo entra en comunicación. Es igual que sucede con las grandes emociones tales como el amor y el miedo, que son pasionales en su esencia. Leer también es pasión. La imagen que de mágico tiene la lectura nos la da el júbilo de un niño que es capaz de descifrar por primera vez un conjunto de letras unidas, signos ignotos para él, y que hasta ese momento parecían iguales y sin significado. Es emocionante escuchar su voz gritando: “Mira, mamá, allí pone farmacia”. El mundo cobra sentido para él y mil puertas selladas se le abren de golpe invitándolo a pasar. Imagino que esa misma exultación debió sentir Champollion tras descifrar por primera vez la  escritura jeroglífica con la ayuda de la piedra de Rosetta, el sentimiento de que se estaba introduciendo en un universo sagrado preservado por el silencio y los siglos debió de embargarlo. Debió llorar de gozo, hasta es probable que sintiera que estaba resucitando a personas que vivieron hace milenios, que sus sueños e incertidumbres regresaban a nosotros para poder vivir otra vez, para que también nosotros podamos hacerlo.  Y digo volver a vivir, porque tal vez la inmortalidad consiste sólo en que alguien encuentre algún rastro de nosotros, puede ser un libro, y que se haga preguntas sobre quién lo escribió, cómo fue su rostro y cuáles sus ilusiones. Puede ser que esa evocación le haga levantarse como a un Lázaro cualquiera y andar de nuevo, aunque sólo será durante el tiempo que dura la lectura.    

     Pero leer es también una puerta de escape hacia otro mundo, ideal o perverso, en el que encontramos las satisfacciones que la vida rutinaria no da. A estas personas que leen buscando un refugio frente a un mundo que no les gusta se les puede acusar de no vivir la realidad, de vivir a través de lo que otros (personajes de ficción) dicen y expresan, de que no viven ni siquiera de sus propias fantasías, sino de aquellas que otros inventaron. A estos críticos se les olvida que la literatura puede servir como elemento reparador de las injusticias que en este mundo les ha tocado vivir. Allí, entre las páginas escritas, encuentran la plenitud que la mala suerte o la falta de oportunidades les ha negado.

 

     A esta altura parecerá un poco incongruente lo que voy a decir ahora. Es mi particular creencia de que si los libros desaparecieran no pasaría nada en el mundo. A lo sumo muchas personas se sentirían mal y se desesperarían. Habría incluso algún suicidio, pero en poco tiempo los gobiernos de turno inventarían algún sustitutivo y todos tan felices, pasada una generación nadie se acordaría de que una vez existieron libros y de la importancia vital que tuvieron para tantos congéneres. Y sin embargo, hubo un tiempo en el que se creyeron puertas hacia la inmortalidad, se les amó tanto que fueron considerados fieles y apasionados amantes... Sólo ese puede ser el motivo para que tantas personas hayan querido ser eternizadas con un libro en la mano. Me refiero a esos sepulcros en los que entre las manos de un difunto se perpetúa el relieve de un libro. Es como si las mano quisiera seguir acariciando en su eternidad el tacto tan peculiar de unas hojas de papel cosidas entre unas pastas más gruesas y un lomo combado, da igual la forma o el material del que está hecho. Una vez que alguien ha tenido alguna vez uno de ellos entre sus manos no olvida nunca qué es y cómo es, lo reconocerá de inmediato, nada más tocarlo, la textura del lomo, la acaricia de sus hojas, el olor del papel... muchos rastros y restos que nos delimitan al tratar de ser delimitados ellos. Es el caso del sepulcro de Leonor de Aquitania y del doncel de Sigüenza, o de pinturas como “Anunciación” de Simone Martini, en el que la virgen sostiene un libro en un tiempo en el que no se conocía. Cuánto de impostura querer parecer lo que no se es (los libros dan barniz de intelectualidad al que muy pocos se resisten), o cuánto de autentico amor a los libros como para pretender cruzar los umbrales de la eternidad con uno entre las manos. 

     Respecto a por qué leemos, siempre he querido pensar que es debido a la influencia que ha tenido la literatura oral en el oído de los niños. Hermoso. Una semillita que va creciendo con los años a base de regalarla con cuentos, poemas y muchas historias. Es una especie de leche materna que nos va alimentando la imaginación y los sueños, que nos hace crecer y, sobre todo, volar, que nos va adentrando, tal vez sin proponérselo, en un mundo fabuloso donde habita la fantasía. Cuando crecemos vemos que no hay respuestas para tantos sueños y preguntas como deambulan por nuestras almas. Algunos, muy pocos, llegamos a descubrir que la respuesta, la solución a tantos interrogantes, acaba en los libros. Es una suerte, porque la inmensa mayoría se olvida del significado de lo que escuchó de niño y se olvida hasta de los mismos cuentos que le enseñaron a soñar. Ellos ya nunca encontrarán esa pasión, esa aventura y esa vida de la que hablaba en el título de esta disertación. Es muy probable que su existencia ya sea siempre rutina y que no conozca nunca que puede viajar y volar y amar, como en las películas, con sólo leer un libro.

 

NOTAS:

  1.  Yourcenar,  Marguerite (1990) Memorias de Adriano. Barcelona: Círculo de Lectores. pp.19
  2. Rilke, Reiner María (2000). Elegías de Duino... Barcelona: Círculo de Lectores. pp.342

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • MUÑOZ MOLINA, Antonio (1998) Pura alegría. Madrid: Alfaguara.
  • SOLÉ, Isabel (1994) Estrategias de lectura . Barcelona: GRAÓ
  • J. ADLER, Mortimer y VAN DOREN, Charles (1996) Cómo leer un libro. Barcelona: Círculo de Lectores.
  • BLOOM, Harold (2000) Cómo leer y por qué. Barcelona: Anagrama.
  • NABOKOV, Vladimir  (2001) Curso de literatura europea . Barcelona: Círculo de Lectores.
  • CONE BRYANT, Sara (1995) El arte de contar cuentos. Barcelona: Biblária.

 


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