Mi?rcoles, 27 de julio de 2011
Publicado por PoetaRamon @ 20:34  | Articulos Literarios
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Artículo aparecido en el número 11 de la revista del ateneo de Cádiz.

A CÁDIZ

Ramón Luque Sánchez

 

Fueron los impresionistas franceses quienes nos revelaron que la luz altera la apariencia de la realidad que percibimos a través de la vista. Su apuesta por describir este mundo que cambia con el paso de las horas abrió de par en par las puertas por las que después discurriría la pintura del siglo XX con todas sus vanguardias. Sin embargo, esto no es un descubrimiento enteramente suyo, ya varios siglos antes, un español, Diego de Velázquez, nos mostró en los dos lienzos que pintó al aire libre (a plein air que dirían nuestros vecinosdel norte) y  titulados genéricamente “Vistas del jardín de la Villa Médicis”, como el sol dora las hojas de los árboles y el aire se condensa en esas primeras horas de las tardes veraniegas. Utiliza una pincelada suelta, inusual en su época, con ella Velázquez consigue atrapar, aunque muy brevemente, el tiempo, algo tan inestable y cambiante como las agujas del reloj que tratan de regularlo. También sería otro español quien reflejara este mundo variable. Goya supo plasmar los distintos tipos y calidades de las telas, revelándonos como hacen visos dependiendo de la procedencia de la luz y de su intensidad hasta parecer tejidos distintos a losque son, o más ellos mismos que cuando los palpamos con los dedos. Lo hizo con una pintura sin ataduras académicas. Muchos de los impresionistas galos tuvieron en el museo del Prado un referente para aprender a modelar lo que es mera intuición. En sus corredores recibieron las primeras clases prácticas.

Todo esto me viene a la cabeza mientras contemplo la Bahía de Cádiz desde el aparcamiento de Santa Catalina. Qué bella estampa para un pintor impresionista gaditano. Seguro que el lienzo podría ser colgado en el mismísimo museo de Orsay. Los castillos de San Sebastián y de Santa Catalina sirven para delimitar la belleza de una estampa que ha tenido la amabilidad de conmoverme. El sol, que iniciará su ocaso en unos minutos, crea un mar brillante como el oro, y con unos ribetes que provocan nostalgia por ese prodigio de luz que muy pronto va a desaparecer. Su inestabilidad es el anuncio de una despedida. En unos minutos el mar será otro mar. Su alegre oleaje esconde un ronco lamento que se prolongará hasta el amanecer. Y esta mudanza durará tan poco que no tendremos tiempo de apreciar y valorar los cambios. Tal vez mañana se vuelva a repetir esta maravilla. Tal vez. Es junio y me dirijo a la presentación de la revista-libro que publica anualmente el Ateneo de Cádiz. Es el número diez. Este mar versátil me impresionó tanto que me propuse entonces dedicar un artículo a Cádiz, su mar, sus gentes, su historia… En ello estoy, tratando de fijar en palabras la excitación que este atardecer provocó en mi ánimo.

Hablaba de la luz y de cómo tiene la facultad de crear, o al menos de alterar la apariencia de lar ealidad. Lo corrobora el agua del mar, tan distinta dependiendo de la hora y el lugar. No brillan igual ni tienen el mismo color los mares. Nada que ver el azul intenso y claro del Egeo desde la isla de Santorini con la palidez, casi turquesa, del Mediterráneo malagueño, y mucho menos con la Bahía gaditana que aquella tarde contemplaba. El agua era bronce bruñido. Una iridiscente soledad que hería de misterio la retina de cualquier viandante que recreara su vista con este atardecer de los primeros días del verano. En poco tiempo un rojo herido se apoderará del horizonte, y cielo, tierra y mar quedarán impregnados de esa orfandad. Estaba contemplando el primer lugar de Europa occidental que entró en la historia. Fue de la mano de los fenicios, de Tiro procedían. Ellos nos trajeron las primeras monedas, los primeros textos escritos, la primera noción de eso que llamamos civilización. Por unos momentos me dejo arrastrar por la emoción, los sentimientos más desbocados se me agolpan en la imaginación, y a través de esta agitación trato de adentrarme en el pasado. Mis ojos son ahora los suyos, persigo vislumbrar el asombro que debieron sentira quellos primitivos gaditanos, probablemente tartesios, cuando vieron acercarsea sus costas unas naves con las velas desplegadas. Llevarían escritas en ellas unas palabras de alabanza a Astarté para que la navegación les fuese favorable.El sonido metálico de sus monedas los debió embaucar. Aún sucede hoy. Los refinados viajeros debieron sentir que sus sueños se cumplían, que aquel mar fosforescentes sólo podía traerles gloria y riquezas.  Y es que Cádiz, su Bahía, con esa forma de concha nacarada parece esconder dentro de sí una purísima perla que quiere regalar a todo viajante que se acerque a ella. Ya su belleza es un regalo. Es una corona real enjaezada con brillantes, son los pueblos de la Bahía, y Cádiz en el centro, un diamante rutilante que deslumbra cada amanecer.

Por estas mismas aguas, por este mismo camino áureo, prolongación del sol, que parece señalar con sus rayos la mejor dirección para llegar a Cádiz, navegaron los barcos cargados de oro y plata que venían de lo que fue El Dorado español durante siglos: América. Imagino a sus dueños, codiciosos e inseguros comerciantes, oteando el horizonte desde las altísimas torres de sus palacios urbanos. Cuántas tensiones y desengaños debieron convivir junto a la fortuna más descarada, cuánta desesperación cuando comprobaran que los galeones con su preciadas cargas no llegaban, bien porque fueron asaltados por corsarios ingleses o bien porque una fatídica tempestad se los tragó junto con sueños y fortuna. Era el siglo XVIII y entonces Cádiz era la ciudad más rica de España. Hacia allí se habían trasladado la Casa de Contratación, y cualquier persona que quisiese viajar a las Indias o comerciar con ellas tenía que hacerlo desde su puerto. El Guadalquivir se había quedado pequeño para los grandes bergantines que llegaban rebosantes de riquezas de la Nueva España y el Perú. La Bahía los protegía de tormentas y del hambre de rapiña de los ingleses. El cambio provocó que aquí amarraran codicia y nobles utopías. Siempre los contrarios dados de la mano. Venían en eso que se llamaba la flota de de Indias, que cada año hacía un viaje de ida y vuelta. Llevaba mercancías para vender y volvía cargada de fabulosos tesorosque debieron levantar suspiros de avaricia. Llegó desde Sevilla, a la sazón patria de pillos y pícaros, que desde muy pequeños aprendían las artes de su oficio en el patio de un Monipodio cualquiera. Siempre estaban prestos a engañar y desvalijar la bolsa de todos los incautos que acudían a la capital hispalense prestos a hacer negocios, sin saber que por determinados barrios era mejor andar con protección.

 

Cádiz ya fue otra cosa. Cuando todo este tinglado con forma de monopolio se trasladó a la Tacita de Plata las ideas ilustradas ya circulaban entre una burguesía ávida de unos cambios políticos con los que poder demostrar su valía. Conceptos tales como el de educación universal y división de poderes empezaban a tomar forma en las mentes y actitudes vitales de una gente que pensaba en la libertad como un derecho irrenunciable. Con tales ideas la picaresca no puede anidar y desarrollarse. Todo cambió el 21 de octubre de 1805. Aquel año, la terrible derrota española en Trafalgar, a tan sólo unas millas de la Gádir púnica (de aquí salió Aníbal a la conquista de Italia), dejó herida de muerte a Cádiz, a toda España. Las aguas que habían cobijado tesoros y leyendas nos trajeron los restos de la gloriosa Armada española. Imagino el dolor del pueblo cuando viera acercarse el desastre, la desesperación de los prohombres que intuirían con más exactitud el triste futuro que acechaba. Lo que esta derrota significó se tuvo que adivinar entonces, fue de una magnitud tan grande que no admitió cuidados paliativos. Los escasos y deteriorados barcos que regresaron fueron una premoción de lo que se avecinó en los años siguientes. A partir de aquel día yanada volvió a ser lo mismo. Gran Bretaña, oh pérfida Albión, nos arrebató ese día el porvenir. Igual que doscientos años, con la Armada Invencible, como entonces sólo sobrevivió la honra, pero eso no da de comer. Nunca.

La primera vez que anduve por las calles de Cádiz me llamó la atención la Alameda Apodaca. Los ficus gigantes que señorean este espacio público representan otros Merkal cualquiera, como el que los fenicios trajeron aquí para ser adorado tres mil años atrás. Molinos de viento parecen, gigantes enviados de América que se han adaptado a la ciudad para constituir otra de sus señas de identidad. Sólo le falta un Quijote cualquiera, que puede ser cualquiera de los cientos de gaditanos que sel es acercan cada día tratando de calibrar su grandeza, el tamaño de un tronco que es vigía imperturbable de la historia. Cuánto podríamos aprender del pasado si entendiéramos lo que cuentan sus hojas cuando son movidas por el viento. El mar, el mismo mar y su misma luz parecen ser su alimento más que la tierra a la que están atados. Sombra dan al viandante y casa a la multitud de pajarillos que revolotean entre sus ramas a la caída de la tarde cada verano. Nubes verdes deben parecer a las miles de palomas que anidan por los alrededores. Los miro y me estremezco. Viendo tanta majestuosidad no puedo dejar de preguntarme. Muchas interrogantes de difícil respuesta me vienen a la cabeza: ¿Cuándo?, ¿cómo?,¿por qué?... Seguro que cada respuesta iría acompañada de una historia particular que ayudaría a conformar esa General Estoria del mundo. Como esa otra que trató de escribir Alfonso X el Sabio, que en 1262 arrebató la ciudad a los musulmanes. Historias dentro de esa historiaque es la vida de los hombres y los sueños que los empujaron a caminar erguidos y con decisión. Así también ocurrió, ocurre, con Cádiz, que encierra entre sus calles y plazas una densa e imponente historia, muchas veces perdidas entre leyendas, o sepultada entre las páginas de ese proyecto histórico inacabado que sigue siendo España. La grandeza de estos ficus, como el parque Genovés, me acaban llevando a América. Hacia allí, a través del camino áureo que marca elsol parecen conducir todos los caminos que salen de esta Bahía. De allí convergen hacia aquí. Desde allí llegaron hace ya doscientos años un grupo de diputados a las Cortes soberanistas que se habían inaugurado un 24 de septiembre de 1810 en la Real Isla de León. Venían cargados de ilusiones en un mundo mejor, un mundo basado en la igualdad de todos los ciudadanos. Sus anhelos se aliaron con los de los peninsulares que asistían a las Cortes y pocos días después aprobaron la igualdad jurídica entre los españoles de ambas orillas del Atlántico. Los dos grupos, ya en Cádiz, proclamaron la primera Constitución española. Corría el día de San José de 1812, por eso fue bautizada años después como “la Pepa”. Así es conocida popularmente, aunque en su momento, el pueblo llano estuviese más preocupado por la guerra que se libraba a unos kilómetros de allí, alrededor del puente Zuazo, que actuó como inexpugnable fortaleza de Cádiz y la Real Isla de León.  En este Cádiz de calles estrechas para burlar al viento de levante quedaron anclados los barcos que debían salir con tropas españolas para detener la emancipación del imperio colonial español. El coronel Riego lo impidió con su levantamiento. Con la ingenuidad propia de los idealistas prefirió cambiar libertad por territorios.  No lo consiguió. Ni una cosa ni otra. La ineptitud de Fernando VII se encargó de impedir ambos hechos. Cuán peligroso es un necio. Qué gran desastre para una nación si este necio es un rey.

Las Cortes mencionadas y su Constitución abrieron de par en par las puertas de la edad Contemporánea a España. Por allí entró la libertad, pero no vino sola, empujándola estaban los franceses y la espada de Su Real Majestad Imperial Napoleón I. Ellos fueron los causantes de que España se perdiera en casi dos siglos de horrores y errores que ha sido nuestra patria desde entonces. En ese pozo cayó también Cádiz. Allíse encontró con guerras, ineptitud, golpes de estado y corrupción. De él pareceque estamos saliendo ahora, y nuevamente de la mano de una Constitución, la de1978. Siempre la libertad y la justicia han sido los únicos garantes de progreso y dignidad. España siempre empeñada en mirar al norte, pero de allísólo llega guerra y desolación. El sur y el Atlántico deben ser sus destinos.

 

En estas mismas aguas, Isaac Peral, uno de los más grandes científicos hispanos de todos los tiempos, estuvo trabajando en el prototipo del primer submarino de la historia. Su audacia fue castigada con el olvido y el rechazo. La envidia es cosa de mediocres y crea víctimas a las que no perdona jamás. En España hay demasiados. Qué tristeza. En el arsenal de la Carraca estuvieron abandonados durante muchos años los restos de su empeño. Fue Cartagena, su ciudad natal, quien los reclamó. Hoy son un monumento a su creatividad e inteligencia, aunque no luzcan mirando al mar quet rató de explorar y conocer en sus profundidades. Tampoco perdonaron nunca a Cádiz el que fuese cuna de las nuevas ideas que se ampararon bajo el paraguas de la libertad. Menos mal que el pueblo siempre consigue sobrevivir a los tiranos. Su carnaval, las burlas y chanzas que se esconden en él, fueron la mejor arma para combatirlo. La historia de Cádiz, de toda España, se podría estudiar en unas letras que encierran la virtud de conmover y enrabietar.  Ellas son ese grito agónico de libertad que tantas veces ha sido silenciado en nuestra España.

Desde la Alameda se llega a la Plaza Mina. En el Museo Provincial se encuentran dos impresionantes sarcófagos. Parecen volver del pasado para mostrarnos un tiempo en el que todo debió ser distinto. Son un hombre y una mujer. Sobrecoge la majestuosidad de sus rostros, la serena expresión de su mirada, la sencillez del sudario que parece envolverlos. Las personas que albergaron en su interior no fueron coetáneas. Probablemente los sarcófagos tampoco procedan del mismo lugar, y sin embargo, pese al tiempo y la distancia que los separa, parecen estar hechos el uno para el otro. Ambos transmiten la serenidad del amor, probablemente porque ambos debieron ser amados, tanto, que a sus familiares no les importó hacer el enorme dispendio que debieron costar sus sepulturas. No se conocieron los difuntos, pero ahora, miles de años después de su muerte, los sarcófagos que los representan parece que nacieron el uno para el otro. Entre las salas del museo, quizás por la forma en la que están dispuestos, gusta de imaginarlos como a una pareja unida por la pasión que mira desde su silencio a la eternidad de los tiempos. Los símbolos del amor son siempre muy caprichosos, como ese voluble angelito llamado Cupido que nos atraviesa el corazón con sus flechas.

Desde la plaza Mina se llega a la calle Ancha, repleta de estípites neoclásicos y de edificios grandiosos que provocan gestos de exclamación, y desde allí a la plaza de las Flores. La estatua de Lucio Junio Moderato Columela centra el espacio. Este príncipe de los escritores de agricultura nos recuerda desde su pedestal aquellos siglos que hablaban latín y en los que ser romano, ciudadano de su imperio, era a lo más que podía aspirar un hombre. Cádiz fue probablemente la primera ciudad española en ser romanizada. Gades la llamaron. Su larga historia de relaciones con extranjeros posibilitó el que fuera una urbe abierta al cambio y al progreso.  Hacia sus calles desembocaban las calzadas que venían del epicentro del imperio. En su puerto se embarcaba el garum, afrodisiaco manjar que no podía faltar en las más refinadas mesas patricias. Eran tiempos de esplendor para la ciudad. Los puestos que rodean la estatua nos traen al presente, ellos proclaman el cambio de las estaciones. Las flores que allí se venden impregnan con sus aromas y variado colorido cada mañana de mercado. Los gritos de vendedores y mariscadores invaden el ambiente, invitan a comprar a las personas que se arraciman en los puestos. María, mira que cañaíllas de la Isla tengo hoy…

El barrio del Pópulo está cerca. Entre sus callejuelas está el Pay-Pay, antiguo cabaret en donde los marineros vivirían noches de lujuria y muchos carnavaleros inventarían letrillas con las que entretener y hacer pensar a la concurrencia. A través del barrio nos adentramos en el Medievo. Fueron siglos en los que la ciudad decayó.A los musulmanes les gustó mucho más el interior que las costas, la tierra firme que la inestabilidad del mar. Tampoco los cristianos castellanos que la conquistaron pusieron más interés. Los puertos que les rentaban eran los del norte, en sus dársenas se cargaba la lana merina con destino a Flandes y Londres. Poco se sabe de estos siglos. El mar nuevamente nos deja oír su amento. Coquinas, cañaillas, cangrejos, bocas… Imagino a sus habitantes mariscando y alimentándose de los productos del mar. Ignoraban que comían manjares, que el pescao de sus esteros se vendería muchos siglos después como una exquisitez para el paladar. Entonces había huertas. Las frutas y verduras de la Bahía eran de la mejor calidad. Nada queda hoy de eso. El hormigón se lo tragó todo.

La catedral ya es otra historia. Acabó su construcción en 1838, aunque se empezó en 1722, cuando la ciudad era un importante centro comercial y financiero. Impresiona su cúpula amarilla, más propia de musulmanes que de cristianos. Como el oro es símbolo de riqueza y esplendor. Desde el mar parece otro sol, brilla como una gigantesca perla de Arabia. Capricho de los hombres que luego convirtieron, pese a su extravagancia, en imagen de la ciudad. Nuevamente el siglo XVIII ofrece a Cádiz un espejo en el que mirarse.

Desde la catedral, siguiendo el paseo marítimo, se alcanza La Caleta, uno de los lugares más bellos y emblemáticos de la ciudad. Conmueve la calidez de una playa que parece invitar al baño y a la diversión. Las barquillas que hay ancladas en su ensenada casi duermen. La silueta del Balneario de la Palma recorta al sol y delimita el horizonte. Los atardeceres son aquí un espectáculo. Abajo, en la arena, corre la chiquillería entre padres y abuelos. La Caleta es distinta a todas las playas. Estamos cerca del barrio de la Viña, en sus calles está la esencia de Cádiz, ese Cádiz familiar y  mítico que empezó a latir hace ya más de tres mil años.

Sin proponérmelo he vuelto al mar. Un paseo por esta ciudad acaba siempre en el mismo lugar por donde se empieza. Cádiz es casi una isla y no hay otros recorridos. El presente se me ofrece en forma de algarabía despreocupada, como las gentes que viven aquí. La cúpula de la catedral, a mi espalda, resplandece. A veces casi hiere la vista. El alma tiembla. Escucho el murmullo de mi propio  corazón, arrobado por el cuadro que está contemplando. Es el océano Atlántico que abraza amorosamente a la ciudad, cada día le regala una ofrenda de amor. Es una propuesta de futuro permanente, como esa Constitución que vio aquí la luz hace ya casi doscientos años.  El sol se pierde en el horizonte. El mar nos habla. Entre sus olas, como versos, está escrita la esencia de esta ciudad, unos renglones enjaezados de espuma que definen los conceptos de historia y libertad.


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