Jueves, 27 de septiembre de 2012
Publicado por PoetaRamon @ 16:59  | Art?culos de Historia
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CARTAS DESDE LA ISLA DE LEÓN

Ramón Luque Sánchez

 

 

(Cartel conmemorativo del Bicentenario Isleño)

En la Isla de León, a 5 de febrero de 1810.

     Queridos padre y hermana:

     Espero que al recibo de la presente os encontréis en buen estado de salud, yo quedo aquí bien Gracias a Dios.

     Empiezo apresurado esta carta por el poco tiempo de que dispongo, apenas una hora, hasta que el Teniente General Don José Miguel de la Cueva, duque de Alburquerque, que a buen seguro estará ya despierto y preparando con su Estado Mayor la defensa de la Isla de León, ciudad en la que desde ayer me encuentro, ordene formar la tropa. Ella junto con Cádiz son los únicos territorios que quedan libres en nuestra España de la presencia invasora del francés.

     Disculpad antes que nada por la precipitada irreflexión con la que escribo, fruto de la prisa como ya os he dicho antes, pero también de la emoción que me embarga por los acontecimientos gloriosos que acabo de vivir. Hace ya más de un mes que no habéis tenido nuevas mías, pero no debéis angustiaros, estamos en tiempos de guerra y en estos días ominosos que nos ha tocado vivir, llegan más rápido las malas que las buenas noticias, por lo que mientras esto no suceda no debéis preocuparos por mí. Tampoco sé yo nada de vosotros, lo que me provoca mucho dolor, sobre todo por ti, mi querida Frasquita, tan niña aún y viviendo una guerra tan deshumanizada y cruel como la que recorre nuestra patria, nunca en su historia tan en peligro como ahora, debido al apresamiento y reclusión de nuestro muy amado rey Fernando VII, a quien Dios guarde muchos años. Ojalá Dios confunda a Napoleón y su ciego empeño por arrebatar a los españoles nuestras credenciales y señas de identidad, que no son otras que nuestro amor y devoción por la religión católica, la única verdadera, y a nuestro legítimo rey, don Fernando VII. Nunca me cansaré de repetirte, mi querida hermanita,  el que te cuides mucho, aléjate siempre de todo lo que huela a francés. Guarda como un secreto mi presencia en el ejército español, si se entera alguno de esos llamados afrancesados puede llegar a delatarte y eso sería tu perdición y la de padre. Si alguien te pregunta  dónde me encuentro, responde siempre que he marchado a América a hacer fortuna, en concreto a la ciudad de Caracas, como secretario y administrador de nuestro tío, el indiano D. Antonio Medina de la Albariza, que, como es público y notorio, me ha requerido reiteradas veces para que sea administrador de su casa y patrimonio. Sea por tanto el silencio tu aliado.

     Disculpad esta larga retahíla motivada más por los peligros que pienso os acechan que por mi propia seguridad, pues soy hombre y joven y pienso, padre, como usted, que en estos momentos la defensa y salvación de la patria es más importante que yo mismo o cualquier otro español, sea quien sea.  El conjunto somos España y es ésta la que se halla en peligro.

     Como os decía al principio, emoción y orgullo es lo que siento, lo que vosotros sentiréis también cuando leáis lo que os tengo que decir. En mi última carta os explicaba que mi ejército se encontraba en Extremadura preparado para enfrentarse al francés, ayudado por nuestros aliados: ingleses y portugueses. Pero después de la terrible derrota de Ocaña, nuestro comandante en jefe, el excelentísimo señor Don José Miguel de la Cueva, duque de Alburquerque, reunió a todas las tropas y nos conminó con heroicas y graves palabras a una larga marcha. Nos dijo que era el momento de defender el poco terreno español que quedaba libre de la rapiña invasora, en concreto Cádiz y la ciudad que le sirve de regia entrada y fortaleza, la llamada Real Isla de León. Desde allí esperaríamos refuerzos con los que llevar a cabo una gloriosa reconquista como la que iniciaron hacía ya más de mil años Pelayo y los suyos.

     Después de tan noble prédica y sin más dilación nos pusimos en camino. Se trataba de llegar a la villa mencionada antes de que lo hicieran los franceses y adelantarnos así a sus intenciones: hacer de toda España una cárcel y al mal llamado rey José I,  su carcelero. Siguieron días de fatigoso caminar, algunos soldados iban casi descalzos, pero no había posibilidad de demorar la marcha. Al final conseguimos nuestro objetivo.

     Fue así como ayer mismo llegamos a la Real Isla de León. Qué orgullosos os sentiríais de mi mismo y de estos últimos residuos del glorioso ejército español si hubieseis estado aquí. Nada más escucharse los tambores y trompetas que anunciaban nuestra llegada el pueblo se echó a la calle para vitorearnos y aclamarnos como héroes. Aún tiemblo al revivir la emoción que sentí. Cada vecino sacó de su casa lo que pudo para que pudiéramos alimentarnos y acomodarnos, unos un saco de harina que tenían guardado para época de escasez y otros una manta  o un saco de paja para los caballos, que se quedaron amarrados en los árboles que hay en una Alameda, situada en la calle principal. Después de comer y beber un poco, me alojé con otros tres compañeros en un cuarto que nos habilitaron dentro de una humilde vivienda. En ella estoy, iluminado por la luz de una vela, mientras escribo esta carta. A través de la ventana se va clareando el día, en cuanto brillen los primeros rayos de sol saldré a la calle para ponerme nuevamente bajo las órdenes de mi general.

     No puedo por menos que recordar hechos similares vividos recientemente en nuestro querido pueblo, Mengíbar, cuando hace año y medio se volcó con la llegada de las tropas españolas, en concreto con la llegada de la Primera División del general Reding, al mando del brigadier D. Francisco de Benegas, y cómo todos juntos, pueblo y ejército, consiguieron expulsar primero y derrotar después a los franceses. La batalla de Mengíbar fue la antesala de la gloriosa victoria de Bailén, que sucedió dos días después.

     Queridos padre y hermana, aquí corto este relato quedando a la espera de vuestras noticias. Recibid mientras tanto un fuerte abrazo de este que os quiere y os recuerda. Vuestro hijo y hermano Juan Santos de la Albariza.

 (Real Teatro de Las Cortes)

En la Isla de León, a 23 de junio de 1810

     Queridos padre y hermana:

     Espero que al recibo de la presente os encontréis en buen estado de salud, yo quedo aquí bien Gracias a Dios.

     Importantes son las noticias que tengo que contaros. Todo se podría resumir en una frase: España resiste. Desde mi última carta (perdonad la tardanza, pero es que no he tenido ni un solo momento de sosiego para sentarme a escribiros), han ocurrido grandes hechos que ahora paso a narraros. Sólo un par de días después de llegar aquí, los franceses, comandados por el mariscal Víctor, se presentaron en las puertas de la ciudad, donde como podéis comprobar sigo residiendo, y exigieron su rendición bajo amenaza de asedio y posterior conquista, con el agravante que tendría esto para la población: saqueo, destrucción y muerte. Son los galardones que ponen los franceses en los lugares que conquistan, típicas de los forajidos más que de personas civilizadas. Lo malo es que van presumiendo que quieren liberar a España de la opresión de un tirano y bajo la bandera de la libertad cometen las mayores tropelías. Como os iba diciendo, el mariscal Víctor exigió la inmediata rendición de la villa como paso previo a la toma de Cádiz -protegida por mar por la flota inglesa-, y acabar así de conquistar el suelo patrio. La respuesta fue un no rotundo, su eco se debió oír en toda España, pues bajo un simple monosílabo se escondía, como después nos explicó en una grave arenga nuestro excelentísimo general el rechazo colectivo del pueblo español a la invasión, y también nuestra disconformidad con que nuestro rey y leyes fuesen suprimidos de un plumazo, como si no fuese nuestra historia una de las más gloriosas de la humanidad. Nuestro imperio –proclamó- es aún más grande que el de Roma, y si Roma extendió el uso del latín y del derecho alrededor del mar Mediterráneo, los españoles hemos evangelizado en la fe y el temor al Dios verdadero a medio mundo al tiempo que hemos llevado la lengua castellana a todos los rincones del orbe.

     Retrocedo en el tiempo para deciros que al poco de llegar nos pusimos a trabajar para hacer de la ciudad y sus alrededores una fortaleza inexpugnable. La villa está rodeada por marismas y una serie de caños, que la convierten en una auténtica isla, lo que hace que sea muy difícil penetrar en ella. Entre los caños se entremezclan las salinas, de ahí el nombre de tierra de la sal con la que también es conocida. Para producir la sal el agua del mar es guiada por un laberinto de canales, con lo que es fácil inundar toda la zona e impedir el avance del enemigo, que no conoce los caminos que permiten transitar por ella.

     Lo primero que hicimos fue romper el arco central de único puente que une la ciudad con tierra firme, es el llamado puente Zuazo que a partir de ahora debería llamarse de la Salvación. De este modo los franceses no pudieron avanzar por la vía natural que une a la ciudad con el resto de España.  Dirigidos por D. Diego de Alvear, gran estratega y gobernador político-militar de esta ciudad, comenzó seguidamente la fortificación de la zona con la construcción de una serie de baterías hechas con sacos terreros y piedra ostionera, típica del lugar. Ya había construidas algunas como la de Urrutia, una auténtica fortaleza, y otras en Gallineras o La Carraca, lugares de la zona en la que vivimos. Nosotros  las levantamos en el caño de Sancti Petri y el Zaporito, con lo que todo el territorio quedó rodeado de pequeños baluartes que impedían el avance del enemigo. Empezó de esta manera una intensa actividad para la que nos unimos militares y civiles con el único y encomiable objetivo de evitar no sólo que cayeran los últimos territorios libres de España sino también el de proteger a la Regencia, que reside aquí y ha asumido el gobierno de nuestro país hasta que sea liberado nuestro muy amado rey Fernando VII.

     Los trabajos dieron sus frutos y pese a las bombas que caían, España, lo que queda de ella, resistió. El resultado fue la batalla del Portazgo, una histórica victoria que obligó a los franceses a replegarse. Por cierto, no os había hablado del buen humor gaditano, que viendo los infructuosos intentos franceses de conquistar su tierra se han inventado una coplilla en la que se burlan de la inoperancia de sus cañones al tiempo que mitigan la zozobra que sin duda los debe atacar. Dice así: “Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones, pues las hembras cabales en esta tierra cuando nacen ya vienen pidiendo guerra, guerra...” Sigue una larga retahíla de burlas, con el sólo objetivo de ridiculizar al invasor, que está acampado a tan sólo unos kilómetros, en la vecina villa de Chiclana de la Frontera. Muy importante para que el bloqueo no diera sus frutos ha sido la acción de los trabajadores de las salinas, que grandes conocedores de los terrenos han conformado una especie de patrulla civil. Esto mismo se ha repetido en la vecina Cádiz, donde son conocidas por nombres tan especiales como lechuguinos, guacamayos, perejiles y cananeos. Otra muestra más de la idiosincrasia de los gaditanos. A buen seguro que la historia les reservará un sitio de honor entre sus páginas más ilustres.

     Como nuestro pueblo y sus habitantes cuando obligaron a los franceses a cruzar el río Guadalquivir para después derrotarlos. Todos ayudamos, como ahora, los hombres con sus armas y las mujeres y niños apagando los fuegos que rodearon al pueblo a causa de las bombas que caían cuando aún no se había segado el trigo. Ahí estuve yo, padre, que usted se negó a que cogiera un arma por mi corta edad, sin saber que sólo unos meses después me enrolaría como voluntario, aunque usted supiera que la patria sólo se salva con el sacrificio y la entrega de todos. Fue ver las corazas de los franceses agujereadas por nuestras balas lo que nos hizo comprender a todos que los gabachos no eran invencibles. En el patio del palacio de los duques de Montemar estuvieron expuestas para que nos sintiéramos orgullosos de nuestra acción. Fue esto lo que me hizo decidirme sin que usted, un hombre de honor, pusiera una sola pega pese al dolor que debió sentir.

     Como veis, querido padre y hermana, no estamos para aburrirnos. Sin embargo hay algo de lo que no os he hablado y que me preocupa de sobremanera. Sólo dentro de la más absoluta confidencialidad os lo quiero contar. De tarde en tarde, cuando la guerra en la que vivimos inmersos da un respiro, suelo acudir con algunos compañeros de armas a las tabernas del lugar. Allí es frecuente oír a buenos cantaores que con voz rota por la situación que vive nuestra patria cantan el dolor de un pueblo invadido. También suenan coplillas populares, ya menos serias, que ridiculizan, como ya habéis visto, al francés. Pero también se escuchan conversaciones de enjundia, en las que importantes personas expresan sus opiniones sobre la situación de España, no olvidéis que la Isla de León es ahora mismo su capital, puesto que aquí está establecido el gobierno legítimo en ausencia de nuestro rey. Me pierdo otra vez en disquisiciones  y explicaciones que sobran, como usted, padre, suele recordarme tantas veces, todo sin duda fruto de la falta de madurez que dan los años y que me impide ir atinadamente al centro de la cuestión. Pues bien, en las mesas contiguas se ve a grandes hombres a los que observo casi con veneración por lo atinado de sus razonamientos, y también porque sigo fielmente vuestro consejo, en el sentido de que para aprender hay que escuchar al que más sabe.  Hace unos días puse atención a lo que decían dos señores muy encopetados que criticaban abiertamente a nuestro muy amado rey don Fernando VII. Estuve a punto de saltar,  pero finalmente opté por acallar esta sangre mía que demasiadas veces me pierde. Lo que oí me horrorizó, pues afirmaban que la causa de todas nuestras desgracias era únicamente suya, primero por intrigar contra su padre con el único propósito de arrebatarle el trono y después por entregárselo arrodillado a Napoleón. Me quedé mudo. Otro día escuché hablar a gentes que se autodenominaban patriotas como aseveraban que el origen de los males que asolaban a España estaba en el mal gobierno de nuestros reyes, a los que gustaban más la caza y las fiestas que luchar por el bienestar de su pueblo. Me sorprendió su edad, no eran jóvenes exaltados, más bien parecía gente letrada. Estos mismos hablaban de España con interés y cariño, pero más me sorprendió el que defendieran las ideas del invasor y de esos llamados afrancesados; y sin embargo están aquí, luchando, no en la corte de Pepe Botella.

     Todo esto me ha hecho reflexionar, pero no encuentro la manera de dar una salida coherente a tales disquisiciones. Cómo me gustaría, padre,  que estuviese usted aquí para aclarar mis dudas y escuchar sus sabios consejos.

     No quiero seguir, mi querido padre, con mas elucubraciones, pues a buen seguro le producirán tanto dolor como a mí. Respecto a ti, mi querida hermana Frasquita, decirte que te añoro y echo en falta tu bondad, sobre todo en estos aciagos y crueles días que nos ha tocado vivir. Recibid ambos un fuerte abrazo de este que os quiere y no os olvida. Vuestro hijo y hermano Juan Santos de la Albariza.

 (Vista antigua del Puente Zuazo)

En la Isla de León, a 20 de diciembre de 2010.

     Queridos padre y hermana, espero que al recibo de la presente os encontréis bien de salud, yo quedo bien aquí Gracias a Dios.

     No sé cómo empezar esta carta, pero en medio de esta gloriosa resistencia frente a los ataques del francés, los acontecimientos que suceden en este último espacio libre de España están consiguiendo socavar los sólidos muros que han constituido las creencias que vos, padre, me enseñasteis. En ellas tanto mi cuerpo como mi espíritu estaban al resguardo de los avatares del azar. Sin embargo, ahora no tengo sobre lo que aferrarme pese a lo feliz que me siento por cómo van desarrollándose los acontecimientos: el francés no puede aguantar ya mucho en este sitio del que no consigue sino bajas, unas veces por las enfermedades y otras por los disparos de nuestros soldados. Ya sabe que nunca conquistará este trozo de España, que ahora más que nunca representa a toda la nación. Como os dije en mi última carta, había empezado a escuchar -primero en las tabernas y más tarde en cualquier rincón de la ciudad, incluso dentro del ejército- el desapego de parte de la población a nuestro querido monarca Don Fernando VII y a los valores políticos que representa, basados en la tradición y en la misión apostólica de la monarquía de España. También creíamos que los principios de la Revolución francesa eran los propios de nuestros enemigos y de aquellos españoles llamados afrancesados, que sólo por interés habían doblado la cerviz ante el acero del invasor. Sin embargo, observo con dolor como las cosas han cambiado, pues muchos de los más entusiastas patriotas, se dejan como nadie su piel en la defensa de la patria, opinan que estos ideales no son malos, que todos los hombres somos iguales en derechos y responsabilidades, y que sólo con estos nobles ideales basados en la justicia, la igualdad y la libertad, nuestro país podrá progresar y salir del negro pozo en el que se encuentra. Os cuento esto porque en septiembre vivimos un acontecimiento histórico, en esta ciudad se reunieron las Cortes españolas como única forma de salir de la crisis general en la que estamos inmersos. Fue un día de fiesta general. Presidida por la Regencia, hubo en la Iglesia Mayor una misa solemne de invocación al Espíritu Santo para que inspire sabiamente a sus señorías. Concluyó la ceremonia con su juramento de fidelidad al rey y a la patria. A la salida se formó una solemne procesión cívica en la que los diputados fueron aclamados por el público y por las salvas de los cañones, respondidas al mismo tiempo por los cañones franceses, que nuevamente sólo atronaron el aire, dándole así más brillo al acontecimiento. Después se dirigieron al Teatro Cómico de la ciudad, en donde se desarrollan desde entonces las sesiones.  Tuve entonces la impresión y sigo teniéndola de que un nuevo tiempo se iniciaba. Lo que vino a continuación rompió con todo lo que estaba previsto. En sólo unas horas las Cortes declararon la Soberanía Nacional y comenzaron a titularse algo así como Su Majestad Soberana las Cortes, desplazando al propio rey a un papel subalterno.

     Los acontecimientos que siguieron han cambiado en pocos días mi concepción de España. Casi en el tiempo que tardaréis en leer esta carta se sucedieron una serie de hechos que han alterado profundamente mis convicciones, y aunque estoy lleno de profundas dudas porque pienso que atentan contra el orden natural que según la Santa Iglesia estableció Dios, designando a un rey dotado de poder absoluto para organizar estados en los que prevaleciese la ley frente a la desorganización y barbarie de otras tierras; también pienso que las leyes y decretos que están surgiendo de estas Cortes no están faltos de coherencia y razón. Entre las primeras disposiciones está la que proclama la separación de poderes. Viene a decir que una sola persona no puede ser al mismo tiempo rey, gobernante, legislador, juez y la propia ley, pues si así sucede uno sólo de sus errores o arbitrariedades influye en el resto del Estado que queda contaminado. De esta manera nada puede funcionar. Pero si esto es importante no lo es menos el decreto de libertad de imprenta, que permite que se hable de todos los asuntos que incumben al hombre y al gobierno que lo dirige. Deciros que al socaire del mencionado decreto ha comenzado a aflorar la prensa, en ella se defiende y ataca cualquier tema bien desde posiciones realistas o liberales, ambas contrapuestas y enemigas, según defiendan el poder neto del rey o lo ataquen. En estos periódicos se informa y discute de lo que sucede en este Teatro Cómico. Imagino vuestra cara burlona mientras relacionáis la llamada Soberanía Nacional con un espacio que sólo sirve para la burla y la diversión. Sin embargo, os lo juro, todo es muy serio y los debates enconados. Yo mismo me río, aunque muchas veces no dejo de pensar, así lo defiende la prensa liberal, que es el único medio para que España vuelva a ponerse a la cabeza del mundo. Pero sin duda alguna, lo más importante para el futuro de nuestro país  es que se ha nombrado de entre estos diputados una Comisión que estará encargada de redactar una Constitución, que según afirman los innumerables diarios que se editan tanto en la Isla de León como en Cádiz será la encargada de acabar con este viejo mundo que expira (son palabras suyas), basado en que un grupo de privilegiados vive a costa del trabajo del resto, para dar paso a un reino basado en la justicia, la igualdad y la fraternidad. Tremenda paradoja el comprobar que son los ideales de nuestros enemigos. La verdad es que estoy sumido en un mar de dudas. Perdonadme estas reflexiones y bandazos probablemente por carecer de la visión que dan los años, como vos tan a menudo me habéis repetido.  Pero también usted se ha quejado muchas veces de que no es de recibo el que no paguen impuestos los que más tienen, que ahí está la clave del atraso y la decadencia de nuestro país. El problema es que si se toca sólo uno de los pilares en los que se sostienen nuestro mundo, el resto caen arrastrados.

     Queridos padre y hermana. Metido en esta larga reflexión he olvidado lo más importante y es desearos unas Felices Navidades y un Próspero Año Nuevo, que la Gracia de Dios nos ayude a acabar con la presencia del invasor en el suelo patrio y propicie un reencuentro con todos aquellos de los que estamos separados. Sólo me queda comentaros que en estos instantes en que dejo paso a la nostalgia, los recuerdos y sabores de mi infancia vuelven a mí, como esos pestiños que madre preparaba en estas fechas y después, cuando ella faltó, lo seguiste haciendo tú, mi querida hermana,  su sabor emana de mi memoria para endulzar de gozo estos días de Adviento.

     Recibid ambos un fuerte abrazo de este que os recuerda y os quiere. Vuestro hijo y hermano Juan Santos de la Albariza

 (Iglesia Mayor de San Fernando)

En la Isla de León, a 30 marzo de 2012.

     Queridos padre y hermana, espero que al recibo de la presente os encontréis bien de salud, yo quedo bien aquí Gracias a Dios.

     Ayer recibí por primera vez desde que estoy aquí una carta vuestra, por ella compruebo que Gracias a Dios (cuántas veces hay que repetir esta frase diariamente en estos tiempos) los dos os encontráis bien. Han sido duros meses sin saber nada de vosotros y pensando que os podía haber pasado cualquier cosa, pues de los franceses y su codicia se puede esperar todo. Las noticias que nos llegan estremecen el espíritu por la maldad con que se mueven, sin respetar a ancianos, mujeres o niños. Finalmente sé de vosotros, por lo que esta carta me llena de alegría, y el que a lo largo del tiempo, aunque siempre con mucho retraso, halláis recibido las mías. Durante estos dos años me temí lo peor, pero ahora sé que fue más un problema de falta de comunicaciones que de voluntad, pues los franceses no dejaban que nadie supiese de nadie, dando así a entender que España era suya y que no había resistencia, aunque eso es cada vez más imposible pues la guerrilla y la acción de los restos de nuestro ejército no les deja un momento de descanso.

     Mi querida Frasquita, me emociona comprobar que pese a la pena por la separación de los seres queridos que la guerra provoca la vida sigue adelante y que la esperanza da una oportunidad. Por eso me alegra sobremanera el saber que estás comprometida con ese joven que ya desde pequeña te encandilaba. Usted, padre, también debe sentirse feliz, pues gracias a este acontecimiento pronto tendrá nietos a su alrededor que alegren su vejez, y así, pese a la prematura muerte de madre, verá como la alegría vuelve otra vez a brillar en su mirada, ahora tan apagada.

     Respecto a mí, hay mucho que contar. Es cierto que la guerra continúa y que está ciudad sigue sitiada, pero por fin se vislumbra el final y se empieza a pensar que pronto llegará la libertad al solar patrio. El poder militar francés se resiente, y con la ayuda de nuestros aliados podremos abatirlos. No olvidéis que Napoleón, pese a ser el emperador del mundo, está rodeado de enemigos que algún día se levantarán contra su dominio.

     Hace unos días vio la luz esa Constitución de la que os hablaba en mi última carta, no fue aquí en la ciudad en la que se reunieron los diputados por primera vez, pues la Isla de León se había quedado pequeña para albergar a tanta población, esto y la cercanía de las tropas francesas aconsejaron que diputados y Regencia se trasladaran a Cádiz. La Constitución representa la luz para nuestras desgracias, un nuevo amanecer para nuestra patria. Gracias a ella los hombres podremos mirarnos de tú a tú a los ojos sin tener que doblarnos humillados ante una nobleza haragana que vive del trabajo de sus explotados aparceros.

     Respecto a mí, os tengo que dar una gran noticia. Esta guerra y la Constitución que en esta tierra ha visto la luz han derribado los viejos muros en los que se parapetaba el Antiguo Régimen. Hace poco tiempo estas benditas Cortes abolieron las pruebas de la nobleza para pertenecer a la oficialidad de de nuestro ejército. Esto ha permitido que ingrese en la Academia Militar de la Isla de León, dentro de unos meses seré sargento primero y si Dios quiere en poco tiempo ascenderé a capitán, la guerra da muchas oportunidades cuando se tiene valor y hambre de gloria, y a mí no me falta ni una cosa ni la otra. Darte las gracias, padre, por esa esmerada educación que me habéis dado, pues ha sido determinante el que hubiese estudiado el bachillerato, mucho para el hijo de un campesino. Después de acabado el conflicto probablemente me embarque con destino a las Américas, pues llegan noticias desde allende los mares que alertan de que algunos cabildos, aprovechando está fatídica guerra, están preparando una sublevación para independizarse de España. Al final mi destino está allí, no ya como secretario de mi querido tío, sino como oficial del ejército de una España nueva que renace de sus cenizas para ser otra vez faro del mundo y de la cristiandad. Eso sí, mi querida hermanita, antes asistiré gozoso a tu boda.

     Recibid un fuerte abrazo de este que os quiere.  Vuestro hijo y hermano Juan Santos de la Albariza

 (Vista de Cádiz de 1925)

 

ACTIVIDADES PARA LA LECTURA

 

  1. Haz un resumen del texto.
  2. Enumera los datos históricos que aparecen en el relato.
  3. Cuenta la evolución que sufre el protagonista de esta historia.
  4. La Real Isla de León y Cádiz, ¿cómo se reflejan en las sucesivas cartas?
  5. ¿Qué intenciones pudo tener el autor al escribirlo?
  6. Valora la importancia histórica de San Fernando en el contexto de la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz.
  7. ¿Piensas que tu ciudad ha sido tratada con justicia en cuanto a su importancia en la Guerra de la Independencia y la aprobación de la Constitución de  1812? Razona tu respuesta.


Tags: Teatro de las Cortes, Guerra de Independencia, Historia de San Fernando, Cortes de San Fernando, Duque de Alburquerque, Iglesia Mayor y Cortes, Historia Isla de Leon

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